
Lo de ver a Puppy por las calles de Bilbao no es una ilusión. Hablamos de Pupito, el hijo ilegítimo de la florida estatua que custodia el Museo Guggenheim de Bilbao. «Es el resultado de una noche en la que Puppy se fue de fiesta», cuenta entre risas Patxi Fiallo, su autor.
La marioneta se compone por una estructura metálica cubierta de tubos de pvc y una lona de plástico. Esta última cubierta por una cantidad mayúscula de flores artificiales unidas por bridas. La estructura descansa sobre una tabla de madera que se desplaza gracias a cuatro ruedas de goma. Esto facilita su movimiento a lo largo de la villa con la misma viveza que la de un perro real (algo que el Puppy tiene mucho que envidiar).
Pupito, además, cobra vida gracias a los tejemanejes con los que su autor lo ha vestido. Unos hilos de pita lo conectan con el ‘control de mandos’ situado en la parte trasera del fantoche de gran tamaño. Puede mover la cabeza de derecha a izquierda e incluso guiñar un ojo; la combinación perfecta para llamar la atención los viandantes.
Eso sí, Pupito aun es un cachorro y tiene mucho recorrido por delante. «Es para todo el año», promete Patxi. Se trata de un primer modelo con posibles mejoras a realizar. Entre estas, la posibilidad de levantar la pata delantera o abrir la boca para soltar un ladrido (colocando un altavoz en la apertura de su boca, claro).
El dueño de Pupito
Detrás de la marioneta está Patxi Fiallo, un artista callejero con casi veinte años de experiencia. Por sus manos han pasado desde globos hasta marionetas, además de la ilusión de muchos niños y niñas, su público más querido. La pandemia supuso un punto de inflexión en su carrera; el parón dejó un hueco que pudo llenar con creatividad y un nuevo proyecto: Pupito.
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De su taller hizo un hogar para la nueva mascota bilbaína, que asegura «se encuentra en mejora constante». De hecho, Pupito solo ha salido a la calle un día durante esta semana. El resto de días descansa mientras Patxi inventa formas de mejorarlo.
Eminencia en redes
Pupito no solo llama la atención a pie de calle. También lo hace entre los algoritmos de las redes sociales. Especialmente en TikTok, donde ya suma más de 800 seguidores en tan solo dos semanas. La cuenta es un libro abierto de las aventuras que vive la marioneta. Eso sí, Patxi insiste en salvaguardar la privacidad de quien se acerca a ella. «No dejo que nadie grabe a los niños y niñas que participan, solo sus padres, madres o cuidadores pueden hacerlo», establece.
Pues eso, el simpático can nunca niega un saludo a quien se cruza con él. Patxi Fiallo invita a todo el mundo a jugar un rato con él, por corto o largo que sea. «Pupito trabaja con la voluntad de la gente, pero si un niño o niña no quiere o no puede, a mí me da igual. Viéndolos felices, yo soy feliz».