Ramales de la Victoria presume —con razón— de entorno natural, servicios y un crecimiento notable en los últimos años. Pero hay realidades cotidianas que rompen esa postal. Una de ellas lleva dos años exactos sin solución: contenedores de basura rotos que no se recogen ni se sustituyen, pese a las reiteradas quejas vecinales.
“No es olvido, es desprecio”
Uno de los vecinos ha alzado la voz tras 730 días de silencio administrativo. Asegura que ha escrito, comunicado y denunciado la situación en varias ocasiones sin obtener respuesta. “Los contenedores siguen ahí, como ruinas modernas”, relata, denunciando no solo el deterioro del mobiliario urbano, sino también la ruptura de la confianza entre ciudadanía y administración.
Con el paso del tiempo, la indignación ha ido sumando apoyos. Otros vecinos reconocen que ya no preguntan ni esperan, porque el silencio institucional se ha vuelto costumbre.
Más que basura: una imagen que duele
Los contenedores rotos no son solo un problema práctico. Los residentes hablan de malos olores, suciedad acumulada y una imagen indigna para un municipio que atrae turismo y nuevos vecinos. “Es un pueblo precioso, pero esto da muy mala impresión”, coinciden.
Algunos denuncian además la subida de tasas de basura y agua, que consideran abusivas para un municipio de menos de 4.000 habitantes, especialmente cuando el servicio no responde a lo que se paga. “Los impuestos suben, pero el mantenimiento no llega”, lamenta otro vecino.
El malestar se extiende
Las quejas no se quedan en una sola calle. Hay quien afirma que esta situación se repite en otros puntos del municipio y que el abandono parece “programado”. El descontento ya se traduce en mensajes claros: castigo en las urnas si no hay cambios. “El pueblo somos todos… pero solo cuando hay elecciones”, resume una vecina con ironía.
Un pueblo bonito que pide cuidados
Ramales de la Victoria sigue siendo un lugar privilegiado para vivir y visitar, a apenas una hora de Bilbao y con un entorno envidiable. Precisamente por eso, los vecinos reclaman que la gestión esté a la altura y que problemas tan básicos como la recogida de residuos no se eternicen.
El mensaje final es claro y directo: dos años no son un despiste. Para quienes conviven a diario con los contenedores rotos, es una negligencia que debe corregirse ya. Porque cuidar un pueblo también empieza por lo más básico.