Cuando un médico enferma

El médico Jesús Sánchez Etxaniz reflexiona sobre su ingreso como paciente en el hospital
Jesús Sánchez Etxaniz. médico y paciente. / Jesús Sánchez.
Soy médico. En estos últimos años he tenido problemas de salud, de mayor o menor gravedad, que han motivado más de diez ingresos hospitalarios. Desde hace seis días estoy de nuevo ingresado en el hospital de Cruces, en el que trabajo como pediatra paliativista. Ingresé por un cuadro de abdomen agudo, con gran afectación general, mucho dolor y necesidad de cuidados “especiales”. Los primeros días no tenía ganas de nada, solo de estar en la cama sin moverme y con los ojos cerrados. Ya he mejorado mucho, me encuentro mejor, y el cuerpo me pide compartir algunos de mis pensamientos y vivencias de estos días.

«A pesar de estar en contacto diariamente con la enfermedad, la percepción no es la misma cuando le afectan a uno mismo»


Los médicos también enfermamos, como el resto de los mortales. Y, a pesar de estar en contacto diariamente con la enfermedad y, a veces, con la muerte (como es mi caso), la percepción no es la misma cuando le afectan a uno mismo. A veces, las experiencias vividas en tu trabajo te ayudan a aceptar mejor estas situaciones, pero en otros casos, precisamente por ellas, no, y te hacen comportarte como “un mal enfermo”.

Pero, en cualquier caso, cuando enfermamos nosotros también podemos aprovechar, por una parte, para explorar nuestras emociones: cómo nos sentimos, cómo reaccionamos o cómo nos afecta. Y, por otra parte, aprovechar para analizar cómo lo viven nuestros compañeros de habitación o de planta.

Los médicos no somos inmunes a sentir miedo, incertidumbre, inseguridades, prisas por conocer rápidamente el diagnóstico, el tratamiento, el pronóstico, cómo van a ser las cosas a corto, medio o largo plazo, a sentir rabia e incluso enfado con todo el mundo, a los que culpabilizamos de lo que nos pasa a nosotros. Y está bien sentir todas estas emociones, para luego entenderlas mejor cuando las expresan nuestros pacientes y familias, cuando actuamos como médicos.


«Es muy importante sentir que estamos en buenas manos, confiar en los profesionales que nos atienden»


¿Qué necesitamos los enfermos (los médicos también)? Que nos informen en la medida y profundidad que cada uno elija, para lo que nos deben preguntar antes. Que esa información sea clara, sin rodeos ni tecnicismos que nos oculten la realidad y, a veces, según sea la gravedad del caso, que se dé de poquitos en poquitos. Una información que sea veraz, que siempre nos den la esperanza de que se van a esforzar al máximo para tratarnos lo mejor posible, estudiando mucho nuestro caso y consultando con humildad con colegas que sepan más que ellos, si es preciso. Pero que no nos den falsas esperanzas. Que sintamos que podemos consultarles cualquier duda o miedo, por estúpidas que nos parezcan, sin sentirnos juzgados por ello. Y que nosotros, a su vez, asumamos que no todas nuestras preguntas siempre tendrán respuestas ciertas, o no siempre en el momento en que las hacemos.

Como enfermos debemos aprender a cultivar la paciencia, que es fácil perderla en los momentos críticos. Aprender a esperar con calma. Es muy importante sentir que estamos en buenas manos, confiar en los profesionales que nos atienden. Y, si no es así, buscarnos otros en los que sea posible.

Además, todos los profesionales que nos cuidan nos deben hacer sentir que les importamos como personas, más allá de nuestra enfermedad. Les pedimos que nos aporten cariño, calidez y que, cuando las obligaciones de su cometido se lo permitan, busquen un ratito pequeño para acompañarnos, para acercarse, estar, escuchar y hablar con nosotros. Todo esto lo estoy sintiendo desde que ingresé por Urgencias hasta llegar a la planta, con los facultativos, personal de enfermería y auxiliares, técnicos de Rayos, celadores, personal de limpieza… Gracias a todas y todos. Ojalá todos los enfermos se puedan sentir así.


«De alguna manera es enriquecedor compartir habitación o pasillo con otra persona que también lo está pasando mal, sufre, tiene miedos y te lo manifiesta»


La enfermedad y la muerte, de alguna manera, nos igualan a todos, independientemente de nuestra calificación profesional, estatus socioeconómico, edad o creencias. Te ponen en tu sitio, te hacen ser consciente de la fragilidad inherente al ser humano. Hacen que te olvides de chorradas que con frecuencia nos hacen sentir que padecemos tragedias, que en realidad no lo son tanto. Te hacen cambiar tus prioridades en la vida y valorar más las cosas cotidianas y el valor de los amigos y de los familiares que además son amigos (porque no todos ellos lo son, ¿o no?), de los compañeros de profesión (que además son amigos), de las familias de enfermos que has tratado (y que ya son amigos y se siguen interesando por ti), e incluso de esas personas que te pueden seguir por redes sociales y que, aun sin conocerte, también te transmiten su apoyo y sus buenos deseos.


«Ayuda mantener un toque de humor y una sonrisa en la cara cuando se pueda»


Aunque suene un poco raro oírlo, de alguna manera es enriquecedor compartir habitación o pasillo con otra persona que también lo está pasando mal, sufre, tiene miedos y te lo manifiesta. Oír los gritos en mitad de la noche de una mujer mayor en la habitación de al lado, con una demencia senil que, al ingresar, se desorienta aún más y se angustia, insulta y se vuelve agresiva ante la impotencia de familiares y personal de la planta que, con cariño, tratan de calmarla. O dar un paseo por los pasillos y cruzarte con otras personas que están como tú, con una bata ridícula, de esas que se atan por detrás y te dejan la espalda y el culo al aire si no te has puesto bragas o calzoncillos, llevando en una mano un palo con ruedas con un gotero o una bolsa de alimentación parenteral, y una sonda nasogástrica conectada a un aspirador. Te saludas con ellos como si fuerais colegas y haces unas bromas del tipo: “¿Qué, cuántos kilómetros llevas andados hoy?”. Vuelves cansado a tu cama, deseando que por la noche puedas dormir bien para descansar.

No siempre es fácil, pero yo creo que ayuda mantener un toque de humor. Una sonrisa en la cara cuando se pueda, hacer alguna broma ligera con todo el personal que te atiende, con las visitas que recibes y con los compañeros de habitación o pasillo. Te ayuda a ti y a ellos.

Disculpad esta diarrea mental de reflexiones que dejo escritas. A mí me sirve como acto terapéutico para mí mismo y, quizás, a alguno que las lea también.


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