OPINIÓN de Eva Argote

Historias de vagón de tren

Las conversaciones matutinas que marcan el inicio del día para miles de personas

Del tiempo a la política, de un accidente en Rontegi a los exámenes o la consola de un hijo: las conversaciones del cercanías retratan, sin filtros, cómo empieza realmente la semana

Hay quien comienza el lunes con café. Otros, con prisas. Yo lo empiezo en un vagón de tren, afinando el oído casi sin querer. Porque si algo tiene el cercanías a primera hora es que funciona como un pequeño confesionario colectivo. Nadie habla para todos, pero todos escuchamos un poco de todos.

Este lunes no ha sido diferente.

El parte meteorológico que nunca falla

Si alguien quisiera saber qué preocupa de verdad en Euskadi, bastaría con subirse a un tren a las ocho de la mañana. Siempre hay una conversación sobre el tiempo. Siempre.

—“Han dicho que a partir de las doce entra otro frente”.
—“Ya, pero aquí nunca te fíes”.

Da igual que sea enero o junio. El cielo manda. El lunes empieza mirando por la ventana, buscando claros entre nubes, calculando si la lluvia respetará la vuelta a casa. El tiempo no es solo meteorología: es estado de ánimo, es excusa y es conversación segura entre desconocidos.

Política en voz baja

Un par de asientos más atrás, dos hombres de mediana edad hablaban en tono contenido, casi confidencial. Comentaban la subida de Vox en las elecciones de Aragón. No discutían. No alzaban la voz. Más bien se notaba cierta mezcla de sorpresa y preocupación.

—“Es que no lo entiendo”, decía uno.
—“La gente está muy quemada”, respondía el otro.

No había grandes análisis, pero sí esa sensación de desconcierto que se cuela en los trayectos diarios. El tren, en esos momentos, parece un bar sin barra donde se comparte la inquietud sin necesidad de conclusiones.

El accidente de cada día

Más adelante, alguien repasaba lo que había escuchado en la radio: un accidente entre varios vehículos cerca del puente de Rontegi.

—“Es que todos los días hay algo ahí”, comentaba.
—“Sí, siempre igual, y luego los atascos los pagamos todos”.

En Bizkaia, Rontegi es casi un personaje más de las conversaciones matinales. Nombrarlo es activar automáticamente un gesto de resignación. Porque el lunes también empieza así: midiendo cuánto tardaremos en llegar, cruzando los dedos para que no haya otro imprevisto.

La escapada pasada por agua

Enfrente, un hombre contaba que había ido al pueblo el fin de semana y que casi no puede volver por la lluvia.

—“Se puso a llover de tal manera que pensé que me quedaba allí”.

En su relato había algo de queja, pero también de orgullo rural. El pueblo como refugio, la lluvia como anécdota épica. El lunes convierte esas pequeñas aventuras en historias que hacen más llevadera la rutina.

La consola, los exámenes y la vida que sigue

A mi derecha, una chica hablaba por teléfono. Su hijo pequeño “no hace caso” y “está todo el día con la consola”. Lo decía con cansancio, pero también con esa ternura que solo se permite cuando nadie te está mirando directamente.

Un poco más allá, dos jóvenes repasaban exámenes. Comparaban cómo se habían preparado, qué preguntas podían caer, quién había estudiado más.

—“Yo creo que el tema tres fijo”.
—“Como entre lo de desarrollo, estamos muertas”.

Ellas no hablaban del tiempo ni de política. Su lunes era otro: el de las oportunidades y los nervios, el de demostrar que el esfuerzo del fin de semana ha merecido la pena.

Un vagón, mil comienzos

Mientras el tren avanzaba, pensé que, en realidad, cada lunes se repite el mismo ritual. Subimos con nuestras preocupaciones pequeñas y grandes, las dejamos caer en voz alta y seguimos adelante cuando se abren las puertas.

El vagón es un espejo. Refleja lo que somos: una sociedad que se pregunta si lloverá, que se inquieta por la política, que se enfada con los atascos, que intenta educar a sus hijos y que se examina —literal o metafóricamente— cada semana.

Quizá por eso me gusta pensar que estas son pequeñas historias de vagón de tren. Fragmentos de realidad que no salen en grandes titulares, pero que cuentan mucho más de nosotros que cualquier estadística.

Porque el lunes no empieza cuando suena el despertador. Empieza cuando alguien, en un asiento cualquiera, dice en voz alta: “Han dicho que hoy vuelve a llover”.


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