Lo que empezó como una inquietud íntima y casi silenciosa ha terminado por convertirse en una de las iniciativas sociales más potentes surgidas en Orduña en los últimos años. El proyecto Ametsgoien, promovido por Aitor y su familia, ha logrado levantar una casa de acogida para mujeres con hijos gracias a una extensa red de voluntariado que ha superado todas las expectativas.
“Pensábamos que en un pueblo pequeño todo se sabe, pero esto ha ido creciendo poco a poco”, reconoce Aitor a Radio Nervión. La idea surgió tras conocer de cerca situaciones de mujeres con menores “en situación casi de calle o con grandes dificultades de alojamiento”, un escenario para el que los recursos existentes resultaban claramente insuficientes.
De una decisión familiar a una red de 460 personas
La familia dio el primer paso con una decisión arriesgada: comprar una casa y asumir las primeras reformas con medios propios. “Nos animamos un poco imprudentemente, porque nos las hemos visto mal, pero decidimos seguir adelante”, explica Aitor. A partir de ahí, el proyecto comenzó a compartirse y a crecer.
La falta de recursos económicos se compensó con un compromiso humano inesperado. “Cada fin de semana han participado casi 50 personas, lijando, pintando, arreglando y restaurando muebles”, detalla. Esa implicación constante dio forma, literalmente, a la casa.

Hoy, el proyecto cuenta con un canal de comunicación con 460 personas, muchas de ellas de Bizkaia, pero también de otros puntos del Estado como Barcelona o Burgos e incluso del extranjero. “Es un canal muy cuidado, solo para informar de avances y turnos. No queríamos saturar”, aclara.
Este domingo, 1 de marzo, Ametsgoien celebrará el cierre de la etapa de reformas con la apertura de la casa. La acogida comenzará en unas semanas, una vez todo esté preparado.
“Queremos que sientan que esta es su casa”
Aitor y su familia no parten de cero en esto de abrir su hogar. Hace cuatro años acogieron en su propia casa a cuatro mujeres ucranianas, una experiencia que marcó el camino. “Fue bonito, no fácil, pero muy enriquecedor”, recuerda.
Ese aprendizaje está en el corazón del proyecto actual. “Lo primero que queremos es que se convierta en su hogar, que se sientan seguras, cómodas y acompañadas”, subraya. La casa no busca ser una solución permanente, sino un lugar de paso con identidad propia. “Nadie aspira a vivir siempre en una casa compartida, pero sí a saber que puede volver”, añade.
La iniciativa apuesta también por la integración real: crear redes, romper estereotipos y fomentar la convivencia entre mujeres con y sin procesos migratorios. “Cuando compartes mesa con alguien, lo ves de otra forma”, afirma Aitor.

Planes de futuro
El proyecto ya mira al futuro con una segunda fase: la rehabilitación de unos locales anexos para convertirlos en un espacio comunitario abierto a asociaciones y al propio pueblo. Pero el mensaje es claro: “No podemos dejarlo todo en manos de las instituciones públicas. Hace falta compromiso social”.
La casa tendrá capacidad para 24 o 26 personas. “No queremos que sea un albergue, queremos que sea un hogar”, insiste. Ahora comienza una nueva etapa, la más delicada: la de la acogida, el acompañamiento y la reconstrucción personal. Un proceso que, como recuerda Aitor, “va a necesitar personas que acompañen porque, al principio, venimos con mochilas cargadas, entonces se necesita alguien que nos ayude”.