Por lo que palpo en redes sociales y hablo con la gente de mi entorno, noto cierto pesimismo en el entorno del Athletic Club tras la derrota de este sábado en Girona. Y no sé por qué, la verdad. No hay que olvidar que los de Míchel ganaron no hace tanto al FC Barcelona. Y encima marcó uno de nuestros cedidos, Hugo Rincón, que cada vez está mejor en su primera temporada en la élite. No hay mal que por bien no venga en este Athletic que, no olvidemos, su objetivo es lograr cuanto antes los 42 puntos que asegurarían la permanencia.
Y si no se consiguen, tampoco creo que vaya a pasar nada, porque hay tres equipos que tiene toda la pinta de que pueden descender: Oviedo, Levante y Elche en ese orden -casualmente los tres últimos equipos a los que se ganó-. Así que tranquilidad, todo está bien y ya podemos decir que el objetivo de la temporada está más que cumplido.
Por si había alguna duda, estoy siendo sarcástico. En Montilivi vivimos un episodio más de lo que me gusta llamar como ‘El famoso Athletic‘: el típico partido contra un equipo que está por detrás en la tabla, con una situación propicia para dar un golpe sobre la mesa… Y que termina siendo un despropósito que deja una situación bizarra: en este caso, un gol de Hugo Rincón, ese lateral derecho que hace dos temporadas entró en más de una decena de convocatorias con el primer equipo sin disputar ningún minuto en partido oficial y que va acumulando cesiones. No hay que ser tampoco un lince para darse cuenta de que es un jugador que no le gusta a Ernesto Valverde.
El conformismo es el veneno de este Athletic Club
Por eso mismo, tampoco quiero ser demasiado catastrofista con lo del pasado sábado, no es nada a lo que no estemos acostumbrados ya. Pero el fútbol no tiene memoria, y después de dos años estratosféricos, estamos volviendo a ver cosas que ya creíamos olvidadas. Volver a comer chopped es complicado una vez que te acostumbras al jamón serrano.
Lo que me preocupa de verdad es la resignación y el conformismo que se respira en todos los estamentos del club en sus declaraciones públicas. Tanto que uno no sabe si hay una instrucción directa para que nadie se desvíe de ese discurso. Excepto Unai Simón en Vallecas, al que se le agradece que siempre hable sin pelos en la lengua ni declaraciones estandarizadas, pero eso ya es otro tema que trataremos más adelante.
Seguramente se puedan hacer muchos análisis desde el big data y la estadística avanzada que expliquen el por qué de esta horrible temporada. Pero yo prefiero guiarme por las sensaciones. Y si ha habido algo que caracterizase al Athletic estos últimos años era la ambición, el hambre, el querer ir a por más y no darse nunca por vencido. El famoso rock and roll del que tanto se habló en campaña electoral hace cuatro años y que ahora parece un recuerdo del pasado.
Obviamente no seré yo quien discuta los méritos conseguidos por esta Junta Directiva, que son los únicos en los últimos cuarenta años que pueden poner sobre la mesa una Copa del Rey -y su consiguiente Gabarra-. Pero da la sensación de que ya no se puede aspirar a más, que el ciclo está más que cumplido y que todos tienen el estómago lleno con lo que se ha conseguido.
En verano todos estábamos ilusionados por volver a jugar la Champions League. Incluso había alguno que soñaba con ganar o al menos pelear la Liga. Seis meses después, la realidad es que el cuarto clasificado de la temporada pasada, con una plantilla mejor -aunque mermada por las lesiones- tiene que conformarse con la permanencia.
Y por si había alguna duda, estén tranquilos: no vamos a descender. Pero tampoco garantizo que se sumen más de 42 puntos.
