La historia de Mikel Palacio no es solo la de un artista. Es la de alguien que ha decidido plantarle cara a la vida cuando más duele, cuando más cuesta, y hacerlo además con una sonrisa y un pincel en la mano. Desde hace cuatro años convive con el Parkinson, una enfermedad que le limita físicamente, pero que no ha logrado frenar su creatividad ni su forma de mirar al mundo. Antes de eso, ya había sufrido uno de los golpes más duros que puede vivir una persona: la pérdida de un hijo. Asi lo dejó patente en una entrevista en TeleBilbao.
“Peor que eso no hay nada”
Mikel lo cuenta sin dramatismos, pero con una profundidad que atraviesa. “Sí, te da un mazazo fuerte, pero yo he pasado un mazazo que es aún más fuerte. Es la pérdida de un hijo”, explica. Ese dolor, lejos de paralizarle, lo transformó en motor. Cada cuadro, cada exposición, tiene un destinatario claro: su hijo. “Todas las pinturas se las dedico a él expresamente”, dice.
El arte como refugio y resistencia
La pintura no llegó de la nada. Mikel dibuja desde niño, pero ahora el arte tiene otro significado. Es terapia, es canalización emocional, es una forma de mantenerse en pie. “Me ha equilibrado esos estados de ánimo”, reconoce. Y añade una reflexión que resume su filosofía: “Siempre hay algo importante que esperar, aunque sea poco”. Sus obras, llenas de color y energía, contrastan con las dificultades que ha vivido. No hay oscuridad en sus lienzos, sino luz. Una decisión consciente. “Aunque sea un tema triste, no quiero terminarlo con colores oscuros”, explica.
Vivir el presente como única certeza
Lejos de rendirse, Mikel ha construido una rutina activa. Practica deporte, sigue vinculado a asociaciones como Asparbi y continúa creando. Su mensaje es claro y directo:
“Todos los presentes acumulados son el futuro que vamos a vivir”. Una frase que resume su forma de afrontar la enfermedad, el duelo y la vida en general: paso a paso, día a día, sin dejar de moverse.
“Para atrás nunca”
Hay días difíciles, especialmente cuando el Parkinson afecta a la mano con la que pinta. Momentos de frustración que, sin embargo, gestiona con serenidad. “Dejas fluir, te relajas… y ya volverás”, cuenta. Porque su filosofía no admite retrocesos: “Para atrás nunca. Para adelante siempre”.
La sonrisa frente a la adversidad
Quienes ven sus cuadros hablan de energía, de vitalidad. Y quienes le conocen destacan lo mismo: su actitud. Mikel no quiere que la enfermedad le defina. Tampoco que le aparte. Quiere normalidad, pero también quiere inspirar. “Que la gente siga luchando”, dice. Su historia es la prueba de que el arte puede ser mucho más que belleza. Puede ser refugio, puede ser terapia, puede ser una forma de reconstruirse cuando todo se rompe. Y sobre todo, puede ser una manera de seguir viviendo.