Amistad, tradición y orgullo de barrio se unen en la VIII Intercuadrillas de Lamiako

La cita alcanza su octava edición convertida en una tradición que une generaciones del barrio en un viaje de convivencia, memoria y amistad
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V Intercuadrillas de Lamiako. / Lamiako Tarrak (Facebook)

Hay tradiciones que nacen sin pretenderlo, casi en voz baja, entre risas y recuerdos compartidos. Y luego están las que, sin hacer ruido, acaban convirtiéndose en un símbolo. La Intercuadrillas de Lamiako pertenece a esa segunda categoría.

Todo empezó hace unos años, en una conversación cualquiera entre amigos del barrio. De esas que se alargan más de la cuenta, en las que alguien lanza una idea medio en serio, medio en broma: ¿y si juntamos a las cuadrillas de antes con las de ahora? Lo que en un principio fue poco más que una cena entre conocidos ha ido creciendo, paso a paso, hasta consolidarse como una cita fija en el calendario. Una jornada marcada en rojo para los hombres de Lamiako.

Sí, solo hombres. Y conviene aclararlo sin rodeos, porque la lectura fácil sería equivocarse. No hay aquí exclusión ni mensaje que buscar más allá de lo evidente: recuperar el espíritu de aquellas cuadrillas de chavales que crecieron juntos en el barrio. Un ejercicio de memoria colectiva, de identidad compartida, de volver (aunque solo sea por un día) a ese tiempo en el que todo pasaba entre las mismas calles.

Desde entonces, la Intercuadrillas ha sido mucho más que un encuentro. Ha sido una excusa para descubrir, para aprender y, sobre todo, para reforzar vínculos. Han recorrido lugares con historia y carácter: desde una conservera en Santoña hasta las calles de Laredo, pasando por el  Valle Salado de Añana o Gasteiz. También han tenido tiempo para mirar al pasado industrial en el Museo de La Encartada, en Balmaseda, coincidiendo además con el bullicio de su Feria Medieval. Cada destino, en el fondo, ha sido solo el escenario. Lo importante siempre ha sido quién lo recorría.

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Intercuadrillas de Lamiako.

De ruta por Las Merindades

Este año, la VIII edición apunta hacia Las Merindades, en el norte de Burgos. Allí les espera uno de los espacios naturales más impresionantes de la península: el complejo kárstico de Ojo Guareña, una red de cuevas que supera los cien kilómetros de galerías y que guarda restos arqueológicos con miles de años de antigüedad. No será la única parada. También visitarán Puentedey, un pequeño pueblo levantado sobre un puente natural de roca que parece desafiar la lógica, antes de recalar en Medina de Pomar.

Allí, entre calles con historia, llegará uno de los momentos más reconocibles del día: el poteo. Y después, la mesa. Porque si algo no falla nunca en la Intercuadrillas es ese punto final alrededor de la comida, donde las conversaciones se mezclan con las canciones, y el tiempo parece detenerse.

La Intercuadrillas de Lamiako es ya tradición. Es amistad que se mantiene y se renueva. Es identidad de barrio, de ese que no siempre sale en los mapas, pero que se lleva dentro. Y es también una forma de construir comunidad en tiempos donde todo parece ir demasiado rápido.

Así que si este fin de semana se cruzan por Medina de Pomar con medio centenar de hombres, pañuelo al cuello y entonando aquello de “Ako, ako, los de Lamiako, los de Lamiako, ako, ako, ako, los de Lamiako estamos aquí”, no se preocupen. No es una despedida de soltero.

Es algo bastante más difícil de encontrar: personas que no han olvidado de dónde vienen. Fíense de ellos: son buena gente.


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