«Ya había salido de cuentas y no me encontraba bien, así que fui al hospital. Me atendió una chica joven, que creo que estaba aprendiendo, y me dijo que aún me quedaban cuatro días. Era por la tarde, así que me volví a casa pensando que se me pasaría, pero cada vez me encontraba peor», recuerda la madre de la primera niña nacida en el Metro de Bilbao.
«Cuando bajaba las escaleras del metro empecé a notar que el parto era inminente. Llevaba unos pantalones premamá; si no, la niña habría nacido antes de llegar al andén. El vigilante de seguridad vino enseguida y llamó a la ambulancia, pero no dio tiempo: tuve a mi hija allí mismo, en un banco del metro».
«Los trabajadores me pusieron uno de esos papeles térmicos que usan para emergencias, tanto en el banco como para envolver a la niña y mantenernos calientes. Eran las fiestas de Barakaldo y Santurtzi, y la gente que pasaba pensaba que se trataba de una pelea», cuenta entre risas.
«Luego me pusieron un biombo y esperaron a que llegara la ambulancia. Me subieron en una silla porque la camilla no cabía en el ascensor. Ya en la calle me tumbaron en la camilla y me llevaron a Cruces, donde por fin me sacaron la placenta. Aún pienso en la chica que me mandó a casa… si la llego a ver en ese momento, me la cargo —dice con humor—, porque lo que me hizo no fue normal».