Cada Navidad, el techo del bar Irrintzi de Derio se transforma en algo difícil de olvidar. Miles y miles de bolas navideñas cuelgan a distintas alturas creando un espectáculo que sorprende a quien entra por primera vez… y emociona a quien conoce la historia que hay detrás. Es la historia de Olga, su marido Mariano, y una idea que nació del amor por la Navidad y que hoy sigue viva gracias a la amistad, la familia y el recuerdo.
Una iniciativa que empezó como un juego y que se ha convertido en seña de identidad
“Esta idea la tuvo mi marido hace muchos años”, recuerda Olga. Mariano, fallecido hace dos años, fue el impulsor de una iniciativa que empezó casi como un juego y terminó convirtiéndose en una seña de identidad del bar y del propio pueblo. Todo surgió después de ver una puerta decorada con bolas en una revista. “Él pensó hacerlo en el bar, en las columnas, y yo le dije: ‘sí, hombre, ¿y en el techo qué?’… y claro, cuando algo se le metía en la cabeza, ya no había quien lo parara”.
Mariano empezó a medir el techo, a hacer cálculos y, durante ocho o diez años, fue comprando bolas poco a poco antes de colocar una sola. El resultado: unas 30.000 bolas, nunca contadas una a una, distribuidas con mimo y a diferentes alturas. “No es solo cubrir el techo, están colocadas, decoradas, pensadas… es mucho más que llenar de bolas”, explica Olga.
Ocho días para montar las bolas
Este ha sido el quinto año que el bar se ha vestido de Navidad de esta forma. “El primero fue más chapucilla”, admite entre risas, “pero hemos ido aprendiendo y este año ha quedado especialmente bonito”. Montarlas lleva cerca de ocho días; desmontarlas, apenas uno. Aunque no todas sobreviven. “Cada año compro unas mil bolas solo para reponer. Algunas se rompen, otras se estropean… es normal”.

Mariano fue el impulsor de la iniciativa
Bolas que cuentan historias de medio mundo
Lo que empezó como una idea personal ha ido creciendo hasta convertirse en algo colectivo. Este año, además, las bolas cuentan historias de medio mundo. “Antes teníamos cuatro o cinco de viajes nuestros: Asturias, Peñíscola… Pero este año se nos ocurrió pedirle a la gente que nos trajera bolas de donde fuera”. Y la respuesta fue abrumadora. Japón, Australia, Dubái, Maldivas, Laponia… “La gente se acuerda de ti y te trae una bola, aunque esté en la otra punta del mundo”.
Algunas no son ni siquiera bolas, porque en ciertos países no se celebra la Navidad. “Yo les digo: si no hay bolas, traed algo típico del lugar”. Todas tienen su sitio, muchas bien visibles, cerca de la barra, porque “la gente luego viene y se busca, como en el Paseo de la Fama”.
¿Salir en el Guiness?
Hubo incluso quien propuso llamar al Guinness World Records. Lo hicieron casi como una broma, celebrando el final del montaje. La respuesta llegó días después: a partir de 13.500 libras solo para que vinieran a comprobarlo. “Esto es un bar de pueblo”, dice Olga. “¿De dónde saco yo 15.000 euros?”. La idea se descartó, pero el orgullo ya estaba ahí. “Con que la gente lo vea, ya merece la pena”.
Ayuda de familia y amigos
Nada de esto, insiste Olga, habría sido posible sin ayuda. “Esto lo hago porque mis amigas están igual de locas que yo y me ayudan”. Y hay un agradecimiento muy especial: su hermana. “Sin ella, sin su apoyo constante, esto no saldría adelante”. Cada bola colgada es también un gesto de cariño colectivo, una red de manos que sostiene el recuerdo de Mariano.
“Él mezclaba la Navidad con el bar, con la ilusión”, recuerda Olga. Y así sigue siendo. Aunque las bolas se quiten en enero, la historia continúa. Porque en el Irrintzi no solo se sirve café o vino: se cuelgan recuerdos, viajes, amistades y un amor que sigue brillando desde el techo.