LA OPINIÓN de Miguel Ángel Puente

El VAR, esa gran mentira

La tecnología prometía justicia y ha entregado arbitrariedad, confusión y un fútbol cada vez más incomprensible
Miguel Ángel Puente. / Radio Nervión

Nos vendieron el VAR como el antídoto definitivo contra la injusticia, como la herramienta que iba a limpiar el fútbol de errores groseros y polémicas eternas. La gran promesa de la objetividad. La tecnología al servicio de la verdad. Craso error. Años después, el balance es demoledor: el VAR no solo no ha cumplido su función, sino que ha agravado el problema. Ha convertido el fútbol en una ruleta rusa, en un juego de trileros donde nunca sabes qué carta va a salir ni quién está moviendo los cubiletes.

El principal pecado del VAR no es el error —porque errar es humano—, sino la arbitrariedad. La sensación permanente de que una misma jugada se pita de una manera un domingo y de la contraria al siguiente. De que todo depende del humor del árbitro de campo, del árbitro de la sala VOR, del club implicado o, directamente, del viento que sople ese día. No hay criterio común, no hay coherencia, no hay seguridad jurídica. Hay interpretaciones cambiantes y explicaciones postpartido que insultan la inteligencia del más pintado.


«El VAR nació para corregir errores flagrantes, no para diseccionar el fútbol con bisturí forense«


Y hay una evidencia que nadie quiere afrontar: si una jugada necesita cuatro minutos para que la revise la sala VOR antes de avisar al colegiado, y otros tres o cuatro después para que este decida, no es un «error claro y manifiesto», y todavía menos cuando la jugada pasa desapercibida en el campo y necesitas buscar el frame exacto para mostrar un roce que ni siquiera cambia —aunque sea ligerísimamente— la trayectoria de la pelota. Esto es justo lo contrario. Es la prueba irrefutable de que estamos ante una jugada gris, interpretable, discutible. El VAR nació para corregir errores flagrantes, no para diseccionar el fútbol con bisturí forense, como si tuviera que intervenir la Policía Científica, hasta que alguien encuentre la más mínima e insignificante excusa para intervenir. Cuando el fútbol se detiene siete minutos para decidir si sí o si no, el sistema ya ha fracasado.

Puedo admitir el error en el campo. Lo he hecho toda mi vida. El árbitro corre, decide en décimas de segundo, es humano y a veces se equivoca. Forma parte del juego. Lo que me cuesta —y cada vez más— es admitir el error con doscientas tomas, cámaras de alta definición, repeticiones a cámara lenta que muchas veces restan contexto a la jugada y un ejército de personas analizando la acción. Ahí el fallo ya no es humano: es estructural. Es incompetencia pura y dura.


«Un sistema opaco, carísimo e ineficaz que solo ha servido para crear otro chiringuito futbolero más«


Especial mención merecen los «expertos arbitrales» de los medios. Personas que cobran por analizar jugadas y que son capaces de defender una cosa y la contraria con una naturalidad pasmosa, según la semana y según el protagonista. Se comportan como abogados defensores: hoy justifican al acusado, mañana se ponen del lado de la víctima, siempre con un argumentario conveniente y siempre con el reglamento en la mano… pero doblado por la página que interesa. No informan, no aclaran, no educan: solo blanquean.

El VAR, en España, se ha convertido en la mayor estafa desde las preferentes. Un sistema opaco, carísimo e ineficaz que solo ha servido para crear otro chiringuito futbolero más, otro nido de «supuestos» profesionales viviendo del maná futbolístico, otro escalón burocrático que no mejora el juego ni la justicia. Más gente cobrando, más confusión y menos fútbol.

Su aplicación debería ser mínima y quirúrgica: agresiones y fueras de juego. Y aun así, incluso en esto último, hay que hacer un acto de fe cuando te tiran la línea desde un ángulo imposible para decidir una jugada por la uña de un dedo. Tecnología milagrosa, dicen. Acto de fe, responde el más optimista.


«Esto ya no va de colores, sino de incompetencia, aquí sí, clara y manifiesta«


Y para terminar, un recado directo al colegiado José Luis Guzmán Mansilla: no, un delantero no se puede apoyar en un defensor para rematar. No es interpretación, no es zona gris, no es debate filosófico, ni siquiera física cuántica. Es falta, coño. De toda la vida. Aquí, y en Pernambuco. De primero de fútbol. Que en la grabación de la conversación con la sala VOR se le escuche justificar que no es falta del delantero porque solo se apoya; no solo es un disparate, no solo es negligencia, sino la confirmación definitiva de que el VAR, lejos de ser una ayuda, ha perdido el norte. Y con él, la poca fe que quedaba en la justicia de este sistema.

Y que nadie se equivoque: da igual el partido que escojas. Esto ya no va de colores, sino de incompetencia, aquí sí, clara y manifiesta.


Deja un Comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.


Cover Art
0:00 0:00