Antonio Álvarez, el conserje más veterano del Conservatorio de Música Juan Crisóstomo de Arriaga de Bilbao, se ha jubilado después de 42 años de trabajo. La despedida, organizada a sus espaldas por su hijo y el centro, se convirtió en el emotivo colofón a una carrera marcada por la cercanía con alumnos y profesores.
Todo fue idea de su hijo, Egoitz, quien contactó con la dirección del centro movido por el deseo de agradecer “todo lo que ha hecho de parte de su familia y de todos los del conservatorio que tanto lo quieren”. Él mismo reconoce que, aunque sabía que su padre era querido, no esperaba el nivel de afecto que se movilizó: “Sabía que era querido, pero no a este nivel”.
Una encerrona y una sopresa
Para llevar a cabo la “encerrona”, Egoitz ingenió una excusa: “Le engañé, le dije, mira, vamos a ir a Sarriko a hacer una sesión de fotos… entonces ya cuando subió en el ascensor y vio todo lo que pasaba, fue cuando llegó toda la sorpresa”. El resultado fue tan abrumador que Egoitz confiesa: “Para mí es un orgullo y todo un referente, que alguien, algo has hecho bien en la vida para que te pase algo así”.
“No me lo esperaba nada”, confirma Antonio, todavía asombrado por el homenaje. “Ha sido una sorpresa muy grande, una alegría muy grande. Dentro de mi carrera laboral, fue alucinante”, reconoce.
La despedida viral
El video de la despedida y la noticia de su jubilación se hicieron virales, colmándole de muestras de afecto. “Con muchas llamadas de teléfono… todos los vecinos me están agradeciendo por la jubilación. Ha sido un placer, desde luego, todo lo que me están haciendo”, explica.
Para Antonio, el secreto de haber dejado una huella tan positiva es sencillo: “Ser tú mismo, tener cariño con todo el mundo, ser amable”. Recuerda que siempre tenía “una sonrisa al entrar” para los alumnos. “Lo primordial es el buen trato que hemos tenido con todos los alumnos que han entrado en el centro”, asegura.
El cariño como motor
Su motivación diaria durante más de cuatro décadas siempre fueron las personas. “Sobre todo los chavales. Te dan un cariño… cualquier problema que tenían, venían”, relata Antonio. También destaca la relación con el profesorado y el ambiente del centro: “Siempre ha habido un cariño muy grande hacia los alumnos y hacia los profesores, y eso siempre motiva”.
Aunque llegó al conservatorio con 22 años y confiesa que su mundo era más el rock que la música clásica, con el tiempo se aficionó. “Me ha ido gustando mucho, la música clásica me encanta… voy al centro para ver a mis chavales cómo tocan y cómo avanza su carrera”.
Ahora, tras colgar la chaqueta de conserje, mira al futuro con planes tranquilos. “Intentaré irme de viaje con mi mujer y cuidaré a mi nieto, claro”. También dedicará tiempo al caserío familiar. Su legado, sin embargo, permanece en los pasillos del conservatorio, en la memoria de los cientos de alumnos a los que saludó cada mañana y que ahora le despiden a él.