OPINIÓN de Eva Argote

Como las vacas al tren

Reflexión sobre una expresión que hoy en día cobra especial sentido
Gente / Pixabay

Hay expresiones que uno escucha desde pequeño y que, sin saber muy bien por qué, se le quedan grabadas. A mí siempre me ha hecho gracia eso de “como las vacas al tren”. Durante años la repetí sin tener del todo claro qué quería decir. Hoy, sin embargo, basta con salir a la calle cualquier mañana para entenderla perfectamente.

En ciudades como Bilbao, el día empieza pronto y casi siempre igual. Gente que camina deprisa, miradas perdidas, auriculares puestos, el móvil como extensión de la mano. El mismo recorrido, las mismas prisas, el mismo gesto serio. Un ir y venir constante que parece coreografiado, como si todos supiéramos exactamente hacia dónde vamos… aunque a veces no sepamos muy bien por qué.

Una rutina que se repite

Da igual que haga frío, llueva o salga el sol. Las calles se llenan a la misma hora y con la misma energía automática. Hay algo casi mecánico en ese movimiento colectivo. Cada uno a lo suyo, sin levantar demasiado la vista, sin detenerse en quien camina al lado.

No es que no pasen cosas. Pasan, y muchas. Detalles pequeños que podrían romper esa inercia: una conversación inesperada, una risa compartida, una escena cotidiana que merece ser mirada con calma. Pero, en medio de esa rutina, cuesta verlos. O quizá cuesta detenerse lo suficiente para apreciarlos.

Cada vez más a lo nuestro

Da la sensación de que la sociedad se ha ido volviendo más individualista, especialmente en los entornos urbanos. Como si cada uno llevara su propio mundo a cuestas, protegido por una especie de coraza invisible. Una forma de avanzar sin implicarse demasiado, sin dejar que lo que ocurre alrededor nos afecte más de la cuenta.

Puede que las circunstancias actuales tengan algo que ver. La incertidumbre, las preocupaciones, el ritmo de vida… Todo suma para que, casi sin darnos cuenta, adoptemos esa actitud de seguir adelante sin mirar demasiado a los lados. De cumplir con lo nuestro y poco más.

Romper el “trance”

Y, sin embargo, resulta paradójico. Porque lugares como Bilbao están llenos de vida, de rincones, de momentos que invitan justo a lo contrario: a parar, a observar, a conectar. A salir de ese pequeño trance diario en el que nos metemos casi sin querer.

Quizá no se trata de cambiarlo todo de golpe, sino de empezar por algo más sencillo. Levantar la vista de vez en cuando. Cruzar una mirada. Reconocer que, en medio de ese flujo constante, hay historias, personas y detalles que merecen atención. Porque sí, muchas mañanas seguimos yendo como las vacas al tren. Pero tal vez, solo tal vez, podamos elegir en algún momento bajarnos de ese automatismo y recordar que no todo tiene que ser siempre igual.


Deja un Comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.


Cover Art
0:00 0:00