El 27 de marzo, Mizmaya presentó: ‘Bosque de Secuoyas’ , el segundo adelanto de su próximo álbum y, probablemente, la canción más honesta y valiente de su carrera. El grupo denuncia “la pérdida de unidad a manos de un turismo cada vez más voraz y una gentrificación extrema”, un fenómeno que está transformando pueblos, playas y barrios hasta volverlos irreconocibles. La canción abre con un coro que suena a hogar, a infancia, a comunidad. Y cierra igual, como si quisiera recordarnos que lo que está en juego no es solo un paisaje, sino una forma de vivir.
Además, el grupo formará parte del cartel del Sonórica de Castro Urdiales, que se celebrará los días 17 y 18 de julio, compartiendo escenario con nombres tan potentes como Hombres G, Ultra Ligera, Barry B y muchos más. Un salto importante para una banda que, lejos de acomodarse, llega con un mensaje más firme y más sentido que nunca.
Un mensaje que golpea porque es real
Entre guitarras que rugen y un muro sonoro que sostiene el peso del mensaje, Mizmaya lanza frases que no se olvidan: “Pagaremos el precio buscando nuestra identidad” “Comunidad sin futuro, ¿dónde vivirán los de aquí?”. No son metáforas vacías. Son preguntas que atraviesan a cualquiera que haya visto cómo su pueblo se convierte en un decorado, cómo los vecinos se marchan y cómo lo cotidiano se vuelve un lujo.
No es un ataque: es un acto de amor
Mizmaya insiste en que no busca señalar al turista ni al empresario como culpables únicos. Su intención es más profunda: recordar que los hogares no son un patio de recreo, que cada provincia tiene una cultura que merece ser cuidada y que la identidad no se puede sacrificar por dos meses de euforia.
Así, lo expresan con una frase que lo resume todo: “Estáis todos invitados, siempre que nos deis la mano.”
Un canto que nace en Cantabria, pero habla de todos nosotros
‘Bosque de Secuoyas’ no es solo un single. Es un espejo. Un recordatorio de que la comunidad, la memoria y la pertenencia son frágiles, y que si no se protegen, desaparecen. Mizmaya lo convierte en música, en denuncia y en un abrazo a quienes sienten que su tierra se les escapa entre los dedos. Una canción que no solo se escucha: se siente.
Sin olvidarnos del gran videoclip, dirigido por Los Cuatrocientos Golpes, condensa en una escena sencilla toda la crudeza del mensaje: unos niños jugando en el césped son apartados bruscamente por la apertura de un nuevo bar. Un gesto pequeño, pero que simboliza algo enorme: cómo lo nuestro se desplaza para dejar sitio a lo de otros.
Además, la portada esta diseñada por Blanca Corrales, que acompaña esta nueva etapa con un logo renovado que refuerza la identidad visual del grupo.
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