Cada jornada, 286.000 personas bajamos las mismas escaleras, nos sentamos en los mismos asientos rojos y escuchamos el mismo pitido antes de que se cierren las puertas. En 2025 fueron 104,5 millones de viajes registrados en el metro de Bilbao. Una cifra enorme, casi abstracta, hasta que uno se detiene a pensar en quién hay detrás de cada trayecto.
Ahí va quien acaba de despedirse de alguien en el andén, todavía con el abrazo pegado a la ropa. Quien repasa nervioso las respuestas que dará en una entrevista de trabajo, mirando su reflejo en el cristal de la puerta. Quien devora el libro que le prestó su ex, buscando entre las páginas algo que ya no está, o quizás algo que nunca estuvo.
Está quien viaja con un partido en los auriculares, conteniendo un grito de gol que nadie más en el vagón celebrará. Quien va acompañado, charlando de cualquier cosa, y quien viaja en absoluto silencio y aun así disfruta cada parada. Quien, día tras día, a la misma hora, espera reunir el valor de hablarle a un desconocido que ya empieza a no serlo.
Algo compartido
Todos compartimos el túnel y el momento: el tiempo exacto que marca el trayecto. Y sin embargo, cada quien lo llena de algo diferente. Si acaso detuviéramos el instante para ceder un poco de nuestra atención y atinar con otra mirada, entenderíamos que cada cada persona guarda su propio viaje; su propia vida.
Si todo esto puede ocurrir bajo tierra, ¿cuántas historias estaremos dejando pasar en la superficie?