Durante más de cuatro décadas, la farmacia de Lourdes Aberasturi, en el barrio de Andra Mari de Getxo, ha sido mucho más que un lugar donde recoger medicamentos. Ha sido un punto de encuentro, un lugar de confianza y una puerta siempre abierta para varias generaciones de vecinos que, con el paso de los años, han encontrado en ella algo más que una farmacéutica.
Ahora, después de 42 años detrás del mostrador, Lourdes se despide de una profesión que ha marcado toda su vida. Lo hace emocionada y arropada por el cariño de un barrio que ya prepara una sorpresa para agradecerle tantos años de dedicación.
«Aquí me he criado»
Lourdes llegó a la farmacia hace más de cuatro décadas y nunca pensó en marcharse. «Este es un barrio muy tranquilo, estoy muy a gusto y nunca he pensado en irme de aquí», recuerda.
Aunque la jubilación estaba en sus planes, reconoce que ha llegado antes de lo previsto. «Yo esperaba seguir un par de años más, pero surgió la oportunidad del traspaso y decidí que era el momento», explica. Con su marcha también termina una etapa familiar. Sus hijos, Álvaro y Alicia, que han trabajado con ella durante los últimos años, también dejan la farmacia.
Una vida dedicada a cuidar de los demás
Cuando se le pregunta cuál ha sido el secreto para ganarse el cariño de tantas personas, Lourdes no habla de medicamentos ni de recetas.
«Siempre he procurado hacer lo mejor para ellos, no solo pensando en el negocio, sino en lo que la gente necesita. Siempre he dicho: tratar a los demás como quieres que te traten a ti.»
Esa forma de entender la profesión ha hecho que muchos de aquellos niños que un día llegaron de la mano de sus padres entren hoy por la puerta acompañados de sus propios hijos. «Sí, ahora vienen con sus niños. Es muy bonito verlo», cuenta con una sonrisa.
De la botica de papel a la farmacia digital
En estos 42 años ha visto cambiar por completo la profesión.
Recuerda una época en la que todo se anotaba a mano y el trabajo era mucho más cercano al paciente.
«Al principio era lápiz y papel. En la carrera no estudié informática y luego llegaron los ordenadores, los programas y toda la burocracia. Hoy todo está mucho más controlado», explica.
También recuerda con humor uno de sus primeros retos. Abrió la farmacia un 1 de octubre y apenas unos días después le tocó afrontar una guardia durante el Pilar. «No sabía por dónde andaba, pero poco a poco fui cogiendo el ritmo», rememora.
El tiempo que nunca tuvo
Ahora comienza una etapa completamente distinta.
Después de toda una vida pendiente de horarios, guardias y trabajo, Lourdes quiere hacer algo que para muchas personas resulta cotidiano, pero que para ella ha sido un lujo inalcanzable. «Lo primero que quiero es descansar y hacer una vida normal. Yo iba de casa a la farmacia y de la farmacia a casa», explica.
Reconoce que el trabajo le hizo renunciar a muchos momentos familiares. «Nunca pude llevar a mis hijos al parque. Mi madre fue quien se encargó de ellos mientras yo trabajaba. Eso siempre lo he echado de menos», confiesa.
El agradecimiento de todo un barrio
La noticia de su jubilación ha despertado una oleada de mensajes de cariño entre los vecinos de Andra Mari, muchos de ellos decididos a rendirle un homenaje por tantos años de entrega.
Ella solo tiene palabras de agradecimiento. «Les doy las gracias por la confianza que han depositado en nosotros. Siempre nos han tratado muy bien y yo he procurado hacer lo mejor posible por ellos. Estoy muy agradecida.»
Al terminar la conversación, la emoción pudo más que las palabras. Tras 42 años cuidando de los demás, fue ella quien recibió el abrazo de todo un barrio. Porque hay farmacias que dispensan medicamentos. Y luego están las que, durante toda una vida, también reparten tranquilidad, escucha, cercanía y humanidad. La de Lourdes Aberasturi ha sido una de ellas.