Las ganas de vivir y el amor por las raíces familiares logran metas que a veces la propia ciencia médica ve inalcanzables. Vanesa, una mujer gallega afincada en Bilbao donde regentó durante años un comercio local, sabe muy bien lo que significa volver a nacer.
A principios del año pasado, un devastador ictus cambió su existencia en apenas unos segundos. Con tan solo 47 años, una hemorragia cerebral provocada por una malformación congénita no detectada la situó al borde de la muerte. Los médicos llegaron a darle escasas horas de vida, pero su fortaleza rompió todos los diagnósticos negativos.
Tras pasar varias semanas en coma, Vanesa despertó para iniciar un larguísimo y duro proceso de rehabilitación. Las secuelas del accidente cerebrovascular dejaron huellas profundas en su movilidad física, en su capacidad visual y, especialmente, en su memoria a corto plazo: «Me sentía como una abuela. Ahora soy como Dori, la de los dibujos animados; no recuerdo las cosas recientes y me repito continuamente», relata con una entereza y humor. Sin embargo, su mente mantenía intacto un deseo profundo, una promesa grabada a fuego que se convirtió en el motor definitivo para su recuperación.
El sueño de Cangas
El gran anhelo de Vanesa se localiza en su tierra natal, en el municipio gallego de Cangas de Morrazo, en Pontevedra. Allí, cada 8 de septiembre, la parroquia de Santa María de Darbo celebra su famosísima romería, declarada de Interés Turístico de Galicia.
El acto central de la festividad es la Danza de Darbo, un baile ancestral que data del siglo XVI donde los danzantes rinden culto a la Virgen. Participar en esta tradición es un auténtico privilegio: exige cumplir estrictos requisitos de vinculación familiar con el pueblo y soportar una larga lista de espera que dura años.El verdadero motor de Vanesa para postularse a esta danza era homenajear a su abuela, Ubaldina: «Era una mujer muy festeira, ella nos transmitió a todos el amor por el baile y por esta tradición. Siempre digo que si el director de cine Pedro Almodóvar la hubiera conocido, habría hecho una película sobre ella», evoca con infinito cariño.
A Vanesa le asignaron una plaza para bailar el año pasado, pero el ictus frustró la oportunidad.
Con la espinita clavada en el corazón, la organización guardó su reserva para este mes de septiembre, transformando la fecha en un reto de superación mayúsculo.
Un gimnasio, pista de baile
Para lograr la meta, la vecina de Bilbao y su fisioterapeuta del Hospital de Basurto, Susana, formaron un equipo invencible en las sesiones de rehabilitación. Juntas diseñaron un plan específico para adaptar los ejercicios médicos a los movimientos de la coreografía gallega: «Hemos estado un mes entero ensayando todos los días sin falta. Susana es una profesional de diez», agradece Vanesa emocionada.La tarea presentaba una enorme dificultad debido a las secuelas físicas y cognitivas del ictus. Mantener el equilibrio ya suponía un triunfo, pero la danza requería una exigencia mucho mayor: «Lo más complicado de todo el proceso era mantener los brazos arriba durante tanto tiempo y lograr que no se me olvidaran los pasos de la coreografía», relata.
El tesón venció a la enfermedad y, hace apenas unos días, Vanesa viajó a Cangas lista para la gran cita.
Emoción bajo la lluvia
Una vez en Galicia, el arrope familiar resultó clave para los preparativos definitivos. Su prima Clara la ayudó a confeccionar el espectacular sombrero floral, un elemento indispensable y pesado que corona el traje tradicional de las danzantes.

El arte del baile corre por las venas de la familia, ya que varios de sus primos se dedican profesionalmente a la danza folclórica.El gran día de la romería el cielo de Cangas descargó una intensa lluvia, pero el agua no frenó la emoción contenida. Entre el selecto grupo de mujeres elegidas para ejecutar la danza ancestral, sobresalía una auténtica guerrera que levantó los brazos con firmeza y clavó cada uno de los pasos tradicionales sin perder la sonrisa ni un solo segundo. Detrás de aquellos movimientos perfectos latía una inmensa victoria sobre la muerte y un precioso tributo dedicado a la memoria de su hermano y de su querida abuela.
Tras el éxito de la danza, Vanesa acudió al cementerio de la localidad para visitar la tumba de Ubaldina. Allí depositó con ternura las coloridas flores que adornaban su sombrero de gala. La nieta cumplió la promesa y devolvió el amor recibido a esa abuela que, además de enseñarle a hacer ganchillo y regalarle grandes lecciones de vida, contempló orgullosa desde el cielo cómo su nieta jamás la olvida.
