Ayer, miles de personas salieron de casa como cualquier otro día. Cerraron la puerta con prisas, se despidieron con un «hasta luego», dejaron un café a medias, un mensaje sin responder o una conversación pendiente. Iban al trabajo, a clase, a una cita, a ver a alguien. Como hacemos todos. Como hacemos siempre. Y algunos nunca llegaron.

Seguir adelante

Esta mañana, cuando me he subido al tren para venir a trabajar, no he podido evitar pensar en ellos. Pensaba que quizá el silencio sería distinto. Que las miradas se cruzarían con otra intensidad. Que todos, inevitablemente, tendríamos la cabeza en lo ocurrido ayer. Durante unos minutos me pareció que sí. El ambiente era más serio, más contenido. Pero enseguida la vida hizo lo que mejor sabe hacer: seguir adelante. Una chica hablaba de los exámenes que tiene la próxima semana. Dos amigas comentaban que igual este viernes no salían. Un señor debatía sobre la asamblea del Athletic. Más allá, alguien discutía sobre política.
Y, sin darme cuenta, mi propia cabeza también acabó viajando a mis preocupaciones, a mi jornada, a las noticias que tenía que preparar. Al final, cada uno sigue con lo suyo. Y quizá sea lo normal. Quizá sea incluso necesario. Pero entre conversación y conversación volvía una idea que no conseguía apartar: ayer, a esa misma hora, otras personas también iban hablando de sus planes. Alguien estaría pensando en qué cocinar al llegar a casa. Otro en recoger a sus hijos.  Alguien enviaría un «llego en veinte minutos». Otro estaría dormitando junto a la ventana. Ninguno podía imaginar que aquel sería el último trayecto de su vida.

Los últimos segundos…

Esta mañana escuchaba a mi compañero Jon en la radio hacer una reflexión que me llenó los ojos de lágrimas. Hablaba de esos últimos segundos. De ese instante en el que el maquinista comprendió que ya no había tiempo para nada.
De quienes sintieron que el mundo se rompía de repente. De quienes sobrevivieron y quizá tardarán mucho en entender lo que ocurrió. De todas las palabras que ya no pudieron decirse. De todos los abrazos que quedaron pendientes. De todas las despedidas que nunca llegaron. Qué frágil es todo. Vivimos haciendo planes para la semana que viene, para Navidad, para las próximas vacaciones. Nos enfadamos por cosas pequeñas. Dejamos llamadas para mañana. Aplazamos abrazos. Posponemos ese café que llevamos meses prometiendo. Damos por hecho que siempre habrá otro tren. Y la vida, a veces, nos recuerda de la forma más cruel que no siempre es así.

Acompañar en el dolor

Ya llegará el momento de investigar, de buscar respuestas, de exigir responsabilidades si las hay. Llegará el momento del análisis, de la política y de los titulares. Pero hoy no. Hoy creo que solo toca guardar silencio. Acompañar en el dolor a quienes han perdido a un padre, a una madre, a un hijo, a un amigo o a la persona con la que compartían la vida. Pensar en quienes despertarán mañana en un hospital intentando comprender qué ha pasado. En quienes tendrán que aprender a vivir con una silla vacía.

El último tren

Y, sobre todo, dar gracias. Gracias por haber llegado hoy a nuestro destino. Por poder volver a casa. Por tener la oportunidad de llamar a quien queremos y decirle simplemente: «¿Cómo estás?». Por poder abrazar a nuestros hijos, a nuestros padres, a nuestra pareja, a nuestros amigos.
Porque nunca sabemos cuál será nuestro próximo tren. Ni cuál será el último.
Por todas esas personas para las que ayer la vida se detuvo sin avisar. Por quienes no pudieron cumplir los planes que tenían para hoy. Por quienes ya no volverán a mirar por la ventanilla esperando su estación.
Que nunca olvidemos que el mayor regalo no es llegar antes. Es, simplemente, llegar.