El desprendimiento que ha cortado el acceso al puerto de La Mazorra ha cambiado por completo la vida cotidiana en Valdenoceda, un pequeño pueblo de las Merindades con apenas 44 habitantes. Las rocas y el barro han caido sobre la N-232 entre las localidad burgalesas de Incinillas y Valdenoceda, en el acceso al puertos burgalés de La Mazorra. Entre los vecinos más afectados están Sonia González y Alfonso Fernández, propietarios de La Bodega en Valdenoceda, un restaurante de paso que ahora se ha quedado, literalmente, fuera del camino.
Aislados por el derrumbe
Hasta el derrumbe, llegar a Villarcayo —donde hacen las compras, acuden al médico o estudian sus hijos— era un trayecto sencillo: 10 kilómetros que se recorrían en apenas ocho minutos. Hoy, ese mismo desplazamiento se ha convertido en un rodeo de 54 kilómetros y casi una hora de viaje. “Tenemos que dar la vuelta al mundo”, lamentan. “Nos sale mejor ir a Burgos capital que a Villarcayo”. El impacto se nota también en la vida familiar. Su hija, que estudia en Villarcayo, tiene ahora que recorrer cada día 44 kilómetros más. “Hoy el transporte escolar ha venido 45 minutos antes, a las siete de la mañana, cuando normalmente llega a las 7:45”, explica Sonia.
Pero la preocupación va más allá de los desplazamientos. La Bodega de Valdenoceda, conocida por su cocina siempre abierta, menús del día, raciones, bocadillos y hamburguesas, vive principalmente de la gente de paso. “Nuestra clientela es la gente que circula por la general, los que van hacia Villarcayo o hacia Burgos por La Mazorra. De eso vivimos”, explica Alfonso. Con el corte de la carretera, ese flujo ha desaparecido.
Incluso para abastecerse, el nuevo mapa de carreteras resulta absurdo. “Para hacer las compras nos compensa ir a Burgos capital antes que a Villarcayo. En 50 minutos estamos allí, es increíble”, cuentan. A la incertidumbre se suma el plazo de las obras. Les han comunicado que el arreglo de la carretera podría demorarse al menos un mes. Un tiempo que, para un pequeño negocio rural, puede ser decisivo. “Las pérdidas económicas ya se están notando. No sabemos si este mes llegaremos ni para gastos, ni para pagar al empleado”, confiesa Alfonso.
Mientras esperan una solución, Sonia y Alfonso resisten en un pueblo que ha quedado aislado de su entorno más cercano, con la sensación de que una carretera cortada puede poner en riesgo mucho más que un simple trayecto: el futuro cercano de todo un modo de vida.