De cocinero durante 30 años a vivir sin hogar en Bilbao con un cáncer: “No sé dónde voy a dormir mañana”

La historia de Endika Azurmendi pone rostro a la vulnerabilidad: enfermedad, pérdida de ingresos y un sistema que, dice, no ha respondido
Habitación de la pensión donde vive actualmente Endika. / Cedidas por Endika Azurmendi / Telebilbao

Hay historias que cuesta escuchar sin que algo se remueva por dentro. La de Endika Azurmendi es una de ellas. Tiene 64 años, fue cocinero durante más de tres décadas y hoy vive sin hogar en Bilbao mientras lucha contra un cáncer con metástasis, las secuelas del COVID y una discapacidad reconocida del 60%. Su relato no es solo el de una caída personal, sino el de una concatenación de golpes que han terminado por dejarle fuera del sistema. “Es una incertidumbre constante. No sé lo que tengo mañana ni a dónde voy a llegar”, explica con serenidad, aunque sin ocultar la desesperación.

De una vida estable a la enfermedad

Durante años, Endika tuvo una vida normal. Trabajaba como cocinero, cotizaba y disfrutaba de su profesión. “Era lo que me gustaba, disfrutaba cocinando”, recuerda. Pero todo cambió en 2023, cuando tras una revisión médica le detectaron un cáncer de pulmón con metástasis. En cuestión de semanas pasó por quirófano y le extirparon parte del pulmón. Después llegaron los tratamientos, largas sesiones de quimioterapia y, cuando parecía que lo peor había pasado, un COVID severo que agravó aún más su estado. “Pensé que el cáncer no había podido conmigo y me iba a poder esto”, relata.

El momento en que todo se rompe

Hasta entonces, Endika había podido sostener su vida gracias a una baja laboral. Pero tras pasar por el tribunal médico, le concedieron una incapacidad permanente total. Su ingreso mensual se redujo a unos 800 euros. “Estaba pagando 700 de alquiler. Con eso no se puede vivir”, resume. Fue entonces cuando, con honestidad, comunicó a sus caseros que no podía seguir pagando. Abandonó la vivienda y empezó un peregrinaje que le ha llevado a dormir en casas prestadas, hospitales e incluso trenes.

Desde enero de este año, su situación es aún más precaria. “Salí de la vivienda y me fui a la calle. No quedaba otra”.

Un techo temporal gracias a la solidaridad

Hoy sobrevive en un albergue gracias a la ayuda de amigos. “Por lo menos tengo un sitio donde no me mojo si llueve”, dice. Pero es una solución temporal. Su estado de salud complica incluso opciones como compartir piso. “No tengo fuerza para retener, tengo que levantarme muchas veces por la noche”, explica con crudeza. Aun así, insiste en que es autónomo en su día a día: cocina, limpia y se cuida como puede. Lo que pide no es asistencia constante, sino algo básico: estabilidad.

La denuncia: “El sistema me ha fallado”

Endika lleva años inscrito en el sistema de vivienda pública y más de dos solicitando ayuda urgente sin éxito. “Siempre me dicen que no cumplo los requisitos. Que lo sienten mucho”, lamenta. Su sensación es clara: “Las instituciones me han dado la espalda”. Incluso apunta a contradicciones que no logra entender: “Si me hubiera quedado en la vivienda hasta que me denunciaran, al día siguiente tendría casa”.

Su caso refleja una realidad incómoda, la de quienes, pese a cumplir con un perfil evidente de vulnerabilidad, no logran acceder a soluciones habitacionales.

Aferrado a los suyos para seguir adelante

En medio de todo, Endika encuentra apoyo en su entorno más cercano. Amigos que no le han soltado la mano y que le ayudan a seguir. “No sé qué sería de mí sin ellos”, reconoce. A pesar del desgaste físico y emocional, mantiene cierta esperanza. No tanto en el sistema, sino en que su historia sirva para algo más: visibilizar una realidad que muchas veces pasa desapercibida.

¿Qué más tengo que hacer para tener una vivienda digna?”, se pregunta.


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