Hay historias que parecen escritas por el destino. La de Borja Muñoz, profesor de Arte en Leioa, comenzó hace 25 años, cuando apenas tenía diez. Entonces participó en un proyecto escolar en el que cada alumno debía guardar en una cápsula del tiempo varios objetos personales para volver a abrirla un cuarto de siglo después.
Entre aquellos pequeños tesoros decidió introducir un viejo teléfono móvil, un Alcatel que acababa de llegar a su casa y que entonces representaba una auténtica novedad. Lo que nunca imaginó es que, al recuperar aquel aparato 25 años después, acabaría escribiendo un libro sobre cómo los teléfonos han cambiado nuestra forma de vivir.
Ese ensayo se llama Prohibido jugar al teléfono, y lo ha presentado en Revista Semanal de Telebilbao, donde compartió la historia que dio origen a una investigación de seis años sobre el impacto de los móviles, las redes sociales y los videojuegos en niños, adolescentes y también en los adultos.
Un viejo Alcatel convertido en el símbolo de una generación
Borja recuerda con emoción el momento en el que volvió a tener entre sus manos aquel teléfono.
«En el año 2001 hicimos un proyecto en Leioa en el que todos los niños teníamos que guardar unos objetos para abrirlos 25 años después. Yo metí el primer Alcatel que tuvimos en casa.»
La cápsula del tiempo se abrió este mes de septiembre y aquel teléfono volvió a aparecer exactamente donde lo había dejado un niño de diez años.
«Paradójicamente, quién me iba a decir que 25 años después acabaría escribiendo un libro sobre los teléfonos.«
Para el autor, ese pequeño móvil resume como pocos objetos la transformación que ha vivido toda una generación.
«Pensaba cómo ese pequeño objeto que prácticamente solo utilizaban los adultos se iba a convertir en algo que nos tendría las 24 horas pegados a una pantalla.»
«No hay que culpar a los niños»
Lejos de demonizar la tecnología, Borja insiste en que el problema no son los menores.
«Muchas veces se culpa a los niños, pero no tienen la culpa. Hay grandes profesionales diseñando estas plataformas para mantenerlos enganchados.«
Durante seis años investigó el funcionamiento de las redes sociales, el marketing digital y la llamada economía de la atención. De hecho, reconoce que su propia experiencia fue el punto de partida.
«Trabajé una temporada en marketing digital y acababa haciendo lo que nos pasa a todos: entraba a trabajar y terminaba viendo vídeos sin parar. Decidí cerrar las redes sociales y empezar a investigar.»
Aquella decisión le permitió comprender cómo funcionan los algoritmos y por qué resulta tan difícil desconectar.
La atención, el gran reto de una generación
Como profesor, asegura que el cambio también es evidente en las aulas.
«La realidad es lenta y las pantallas son rápidas. Cada vez cuesta más mantener la atención, concentrarse o aprender a pensar con calma.«
Según explica, muchos alumnos buscan respuestas inmediatas porque han crecido acostumbrados a obtenerlo todo con un solo clic.
«Pararse a pensar es una habilidad que ya no están desarrollando igual.»
Educar antes que prohibir
Aunque el título del libro habla de prohibir, Borja deja claro que esa no es la solución.
«Lo primero no es prohibir, sino educar. Hablar mucho con los hijos y explicarles cómo funciona todo este mundo digital.«
Defiende que padres, madres y docentes deben acompañar a los menores para que comprendan qué ocurre detrás de cada aplicación, cada vídeo o cada publicación en redes sociales.
También invita a los adultos a reflexionar sobre sus propios hábitos.
«Cuando subimos una foto o compartimos cualquier cosa deberíamos preguntarnos por qué lo hacemos y qué hay detrás de ese impulso.»
Recuperar el tiempo que se ha perdido
El ensayo también mira con cierta nostalgia a la infancia de los años ochenta, noventa y primeros dos mil, cuando los barrios estaban llenos de niños jugando en la calle.
«Antes conocías a todos los vecinos. Ahora muchas veces ni coincides con ellos en el ascensor.»
Para Borja, la tecnología ha cambiado la forma de relacionarnos, pero también la manera de vivir los espacios públicos y la convivencia cotidiana.
Una invitación a mirar el móvil con otros ojos
Más que ofrecer recetas, Prohibido jugar al teléfono pretende abrir una conversación que, según su autor, ya no puede esperar.
«No quiero que la gente cierre el libro pensando que las redes sociales son malas. Quiero que mire el teléfono de otra manera y se pregunte hacia dónde nos está llevando todo esto y qué queremos dejar a las siguientes generaciones.«
Un mensaje que nace de un viejo Alcatel enterrado por un niño hace 25 años y recuperado ahora como el mejor recordatorio de lo mucho que ha cambiado nuestra relación con un objeto que, sin darnos cuenta, ha pasado de ser un simple teléfono a ocupar buena parte de nuestra vida cotidiana.