En apenas unas horas hemos conocido dos noticias que, aunque distintas, empujan al mismo debate de fondo. Por un lado, Osakidetza y el Ayuntamiento de Bilbao han lanzado un programa para animar a las mujeres a dejar de fumar mediante actividades en los barrios. Por otro, Reino Unido ha dado un paso más allá con una medida radical: prohibir de por vida el tabaco a los menores de 17 años. Y la reacción no se ha hecho esperar.
En la redacción, como en tantas conversaciones cotidianas, las opiniones se han dividido. Hay quien lo ve claro: “esto no se puede prohibir todo, suena a control excesivo”. Otros, en cambio, lo interpretan como un avance lógico en salud pública. Y en medio de todo esto queda la pregunta que incomoda: ¿dónde termina la libertad individual y dónde empieza la responsabilidad colectiva?
¿Cambiar una cultura a base de prohibir?
Porque el tabaco no es un producto cualquiera. Su impacto en la salud está más que demostrado, y los sistemas sanitarios lo saben bien. Campañas como la de Bilbao intentan precisamente lo que la prohibición británica plantea desde otro ángulo: evitar que nuevas generaciones entren en un hábito que condiciona su salud futura. No se trata solo de prohibir o persuadir, sino de cambiar una cultura que durante décadas ha normalizado el consumo.
Pero también es legítimo preguntarse si este tipo de medidas construyen una sociedad más sana o si, poco a poco, van estrechando el margen de decisión individual. El riesgo está en cruzar una línea difusa en la que el Estado no solo protege, sino que decide por el ciudadano.
El mercado ilegal
Hay otro elemento que no puede ignorarse: el mercado. Cada restricción abre también la puerta a efectos no deseados. El tabaco ilegal, los vapeadores sin control o el consumo fuera del circuito regulado son escenarios que ya han aparecido en otros países cuando las políticas se endurecen. La pregunta es si estas medidas corrigen el problema o simplemente lo desplazan. La realidad es que la sociedad ya no fuma como antes. Las cifras han caído, la conciencia sanitaria ha crecido y el tabaco ha dejado de ser ese gesto social omnipresente de otras décadas. Pero el cambio no ha sido solo espontáneo: ha venido acompañado de leyes, impuestos, campañas y restricciones.
Quizá ahí esté la clave del debate. No se trata de elegir entre libertad o prohibición, sino de entender hasta qué punto una sociedad está dispuesta a transformarse a golpe de norma. El tabaco es un buen ejemplo porque mezcla salud, hábito, negocio y cultura.
Y mientras Bilbao apuesta por la pedagogía en los barrios y Reino Unido por la prohibición generacional, la pregunta sigue en el aire: ¿cambian las sociedades solo cuando se las empuja desde arriba, o deben evolucionar desde dentro, incluso a su propio ritmo y con sus propias contradicciones?