Cuando me preguntan qué es lo mejor de mi profesión, no tengo dudas: poder conocer a gente a la que, de otra manera, ni siquiera habría llegado a saludar.
La vida me regaló dos oportunidades para sentarme a charlar con el lehendakari Carlos Garaikoetxea. Dos encuentros que hoy cobran un valor especial. Siempre elegante, siempre amable. Y siempre, desde aquel primer día, con un “Aspaldiko” que en su voz sonaba más a abrazo que a saludo.
Aquellas entrevistas eran, en realidad, pequeñas lecciones de nuestra historia. Recorrer, desde su prisma, el camino político que había trazado: con tramos rectos, sí, pero también con no pocas curvas. Hablaba sin esquivar el sentimiento de soledad o de decepción en determinados momentos, y también de la valentía de dar un paso al frente y crear un nuevo partido, para defender el modelo de país en el que creía.
Las inundaciones
Los recuerdos eran muchos, pero había uno al que siempre regresaba: Inundaciones de 1983 en Euskadi. Garaikoetxea fue el lehendakari de aquellas inundaciones. El de las botas de agua hundidas en el barro. El que estuvo in situ, en medio de la tragedia. El que sostuvo el timón cuando Euskadi más lo necesitaba.
Anécdotas, muchas. Y siempre contadas con la precisión de quien fue testigo directo, con la mirada puesta también en no perder detalle de la actualidad.
Hace apenas unos días, caminando por la calle, me encontré con Begoña Errazti, su escudera durante años y capitana del barco cuando Carlos decidió apartarse. Hablamos de su vida, de esa jubilación activa que no termina de serlo del todo, y le pregunté por él.
«Está bien», me dijo. Pero la vida gira. Y hoy la respuesta es otra: en un segundo, el corazón puede robártela.
La importancia de cuidarse
De aquellas entrevistas guardo también recuerdos pequeños, casi íntimos. Como su costumbre de elegir él mismo el lugar donde sentarse.
«No quiero que se me note mucho esto ,decía, señalando su labio,. Me lo hice jugando a pala». Aquel gesto, mitad confesión mitad coquetería, dejaba ver a la persona: «Lehendakari, no se preocupe ,le respondí, mis dos lados son malos». Y sonreía.
Hoy me quedo con eso. Con el político, sí, pero sobre todo con quien convertía un saludo en algo fraternal. Con quien hacía fácil la conversación y cercano el respeto.
Agur, lehendakari. Gracias por tu cercanía. Hasta que nos volvamos a saludar con un «Aspaldiko».