Hay cierta ironía en que la generación más conectada de la historia sea también la que más sola se siente. Los datos del País Vasco lo confirman con una contundencia que debería incomodarnos: según la Encuesta de Salud del Gobierno Vasco, el 7,3% de los jóvenes de 15 a 29 años afirma sentirse solo siempre o a menudo. En 2018, ese porcentaje era del 1,6%. En apenas cinco años, la cifra se había quintuplicado.
No es un problema individual ni una debilidad generacional. Es una señal de que algo en el tejido social se está rompiendo y que las instituciones todavía no han encontrado la forma de responder. Quizás la calidad de la compañía nunca estuvo en la cantidad.
Un problema compartido
No hablamos de timidez ni fases pasajeras, sino de una fractura en la forma en que nos relacionamos. Los menores de 35 años son hoy el grupo con mayor soledad no deseada en Euskadi (casi un 24%), muy por encima de los mayores de 55 años, que se quedan en un 11,5%.
Mientras tanto, muchos jóvenes vascos cargan con esa soledad en un silencio solo interrumpido por las notificaciones de sus teléfonos. Quizás merezca la pena recordar que hubo siempre un medio que supo hacer lo contrario: la radio, con su voz sin pantalla, acompañó durante décadas a quienes se sentían solos sin pedirles nada a cambio.
Conviene recuperar las palabras que Miguel de Unamuno escribió una vez: «Solo en la soledad nos encontramos; y al encontrarnos a nosotros mismos, encontramos en nosotros mismos a todos nuestros hermanos en la soledad». (Soledad, 1905)