Durante años, cuando alguien pensaba en un soldador, imaginaba casi siempre a un hombre. Mono de trabajo, careta de protección y jornadas entre metal y chispas. Pero esa imagen está cambiando poco a poco gracias a mujeres como Iratxe Núñez, una bilbaína que lleva casi dos décadas demostrando que el talento, la capacidad y la profesionalidad no entienden de género.
Su historia es la de una mujer que ha tenido que pelear en muchos frentes a la vez. En el laboral, en el personal y en el familiar. Una historia de esfuerzo silencioso, de puertas cerradas y de segundas oportunidades. Una historia que hoy quiere servir para animar a otras mujeres a dar el paso hacia profesiones industriales donde todavía son una excepción.
Del aerobic a la soldadura
Nada hacía pensar que aquella joven que trabajaba como monitora deportiva acabaría dedicando gran parte de su vida profesional a la soldadura. Con poco más de veinte años se trasladó a Arrasate por motivos personales. Allí descubrió una realidad muy distinta a la que conocía. En una comarca marcada por la industria, las oportunidades laborales estaban ligadas en gran medida a los oficios técnicos y a las fábricas. Fue entonces cuando escuchó una frase que le cambiaría la vida.
«Necesitan soldadores». Decidió apuntarse a un curso en Mondragón y obtener todas las certificaciones posibles. Lo que empezó como una salida laboral terminó convirtiéndose en una vocación. «Me sorprendió porque me gustó muchísimo», recuerda. Pronto encontró trabajo en una empresa industrial y comenzó una carrera profesional que ya suma cerca de 18 años.
«Yo no quiero mujeres en el taller»
Pero el camino no siempre fue fácil. Tras quedarse embarazada y coincidir su reincorporación con el cierre de la empresa donde trabajaba, tuvo que empezar de nuevo. Encontró una oportunidad laboral en Vitoria, pero allí se topó de frente con una realidad que muchas mujeres siguen encontrando en sectores masculinizados.
Nada más llegar al taller, el encargado le lanzó un mensaje que nunca olvidará. «No quiero mujeres en el taller». No fue un comentario aislado. Lo escuchó varias veces. Mientras sus compañeros la ayudaban y la apoyaban, ella sentía que debía demostrar constantemente que merecía estar allí. «La sensación era que tenías que esforzarte mucho más que los demás para conseguir exactamente lo mismo». Le revisaban el trabajo con lupa. Le buscaban errores. La sometían a una presión extra. Pero no se rindió.
«Al final dices: a lo mío. Y sigues adelante».
Una separación, dos hijas y volver a empezar
La vida aún le tenía reservadas pruebas más difíciles. Llegó una separación, el desempleo y la responsabilidad de sacar adelante a sus dos hijas. Con un alquiler que pagar y una situación económica complicada, hubo momentos en los que sintió que todo se derrumbaba. Sin embargo, volvió a levantarse.
Un antiguo compañero volvió a llamarla para ofrecerle una nueva oportunidad en otra empresa. Aceptó. Y aquella decisión volvió a cambiarle la vida.
Ocho años creciendo en la industria
Durante los siguientes años encontró algo que considera fundamental en cualquier trabajo: respeto. Compañeros que la ayudaban, encargados que confiaban en ella y un entorno donde pudo seguir creciendo profesionalmente. Porque la soldadura, explica, es un oficio que exige aprendizaje constante. Cada pieza es distinta. Cada técnica tiene sus secretos. Cada día supone una oportunidad para mejorar. Y ella no ha dejado de hacerlo.
La mujer que solda por las mañanas y da clases de spinning por las tardes
Hay otro detalle que define perfectamente quién es Iratxe. Nunca abandonó el deporte. Mientras trabajaba en la industria, seguía impartiendo clases dirigidas en gimnasios. Durante años compaginó jornadas de soldadura desde primera hora de la mañana con sesiones de spinning, zumba, GAP o Body Pump por las tardes. Dos profesiones aparentemente opuestas que ella ha conseguido compatibilizar gracias a una enorme capacidad de trabajo. «Lo he mantenido siempre. Nunca he dejado ninguna de las dos cosas».
Rompiendo estereotipos
Hace aproximadamente un año decidió regresar a Bilbao, su ciudad natal. Actualmente trabaja en una empresa donde asegura sentirse valorada profesionalmente y donde ha encontrado un ambiente de trabajo basado en el respeto y la colaboración. También cree que el sector está cambiando. La tecnología, la maquinaria y las nuevas formas de trabajo han reducido la importancia de la fuerza física, derribando uno de los argumentos que tradicionalmente se utilizaban para excluir a las mujeres de estos puestos.
«Hoy en día muchas tareas se realizan con grúas y maquinaria. Ya no es una cuestión de fuerza bruta». Y lanza un mensaje contundente para todas aquellas chicas que estén pensando en dedicarse a la industria.
«Podemos hacerlo perfectamente».
«Las mujeres también tenemos mucho que aportar»
Iratxe defiende que las mujeres aportan nuevas formas de trabajar y una visión diferente dentro de los talleres. Considera que todavía existen prejuicios, pero también observa una evolución positiva y cada vez más presencia femenina en los cursos de formación y en las empresas industriales. Por eso quiere visibilizar su experiencia.
Porque durante demasiado tiempo muchas niñas crecieron pensando que determinados trabajos no eran para ellas. Ella es la prueba de que sí lo son. Que una mujer puede soldar, liderar, aprender, criar a sus hijas, reinventarse varias veces y seguir adelante cuando todo parece ponerse cuesta arriba.
Y que detrás de una máscara de soldador también puede haber una historia de valentía.