Hay historias que el tiempo no consigue borrar. Historias de esfuerzo, amistad, juventud y sueños que merecen ser recordadas. Esta es una de ellas.
En el verano de 1960, tres jóvenes ciclistas vascos emprendieron una aventura que parecía imposible. Sin GPS, sin teléfonos móviles, sin coches de apoyo y con poco más que su ilusión, sus bicicletas y unas alforjas cargadas de esperanza, recorrieron más de 1.600 kilómetros hasta Roma para entregar personalmente al Papa una petición muy especial: que la Virgen de Dorleta, venerada en Leintz Gatzaga, fuera proclamada patrona de los ciclistas españoles.
Aquellos jóvenes eran los hermanos bilbaínos Ángel Serrano y Luis Serrano, junto al ciclista vitoriano José Luis Sáenz de Olazagoitia. Más de seis décadas después, los tres protagonistas de aquella gesta serán homenajeados en el Santuario de Dorleta, el lugar desde donde comenzó una historia que todavía hoy emociona.
Cuando tres jóvenes decidieron cambiar la historia
La historia arranca en una época en la que Francia e Italia ya contaban con patronas para los ciclistas. En España todavía no existía esa figura y diferentes territorios comenzaban a impulsar iniciativas para lograr ese reconocimiento. Fue entonces cuando el movimiento cicloturista vasco decidió dar un paso al frente y promover la candidatura de la Virgen de Dorleta, cuya devoción estaba profundamente ligada al mundo del ciclismo. La misión era sencilla sobre el papel, pero enorme en la práctica: llevar hasta el Vaticano la documentación necesaria para solicitar oficialmente la proclamación.
Y para hacerlo eligieron a tres jóvenes apasionados por la bicicleta.
Un viaje épico por carreteras de otra época
El 28 de julio de 1960 comenzó la aventura. Tras reunirse en Salinas de Leniz, los tres ciclistas iniciaron una ruta que les llevaría por Gipuzkoa, Francia e Italia hasta llegar a Roma. Por el camino hubo de todo. Kilómetros interminables, averías, ruedas pinchadas, cables de freno rotos, calor, cansancio y jornadas maratonianas sobre el sillín. Pero también paisajes inolvidables, compañerismo y la ilusión de estar protagonizando algo único. Recorrieron la Costa Azul, atravesaron ciudades como Niza y Génova y siguieron avanzando día tras día hasta alcanzar la capital italiana. Cuando finalmente llegaron a Roma, se alojaron en una modesta residencia regentada por religiosas. Allí recibieron una noticia inesperada que cambiaría para siempre el sentido de aquel viaje.

La audiencia con el Papa
Días después de su llegada, recibieron la confirmación que tanto esperaban. Tendrían una audiencia con el papa Juan XXIII. La reunión no se celebró en el Vaticano, sino en Castel Gandolfo, donde el pontífice pasaba el verano. Según recuerda la familia, los tres jóvenes incluso tuvieron que comprar corbatas para acudir adecuadamente vestidos a aquel encuentro histórico.Frente al Papa entregaron la documentación que habían transportado desde Euskadi durante más de 1.600 kilómetros.
La misión estaba cumplida. Pocas semanas después, la Virgen de Dorleta sería proclamada oficialmente patrona de los ciclistas españoles.
Una amistad separada por el tiempo
Tras el regreso a Euskadi, la vida siguió su curso. Los hermanos Serrano mantuvieron el contacto familiar, pero con el paso de los años perdieron la relación con el tercer integrante de la aventura, José Luis Sáenz de Olazagoitia. Parecía una de esas historias destinadas a quedar guardadas en fotografías antiguas y recuerdos familiares.
Hasta que ocurrió algo inesperado.
El reencuentro que nadie esperaba
La historia volvió a salir a la luz gracias a un reportaje televisivo sobre la Virgen de Dorleta. Entre quienes lo vieron estaba Angelines, hija de Ángel Serrano y sobrina de Luis Serrano. Al comprobar que apenas se conocían detalles de aquella aventura, decidió mover cielo y tierra para recuperar la memoria de aquellos tres jóvenes ciclistas. Contactó con el Ayuntamiento de Leintz Gatzaga y con responsables del club ciclista local. Poco a poco fueron reconstruyendo la historia, recuperando fotografías, documentos y hasta el diario que uno de los protagonistas escribió durante el viaje.
Y surgió una idea tan sencilla como emocionante: volver a reunir a los tres. Más de seis décadas después de pedalear juntos hasta Roma.
Un homenaje cargado de emoción
Este 13 de junio, el Santuario de Dorleta será escenario de un acto muy especial. Los tres protagonistas de aquella hazaña recibirán el reconocimiento de todo un pueblo por una aventura que forma parte de la historia del ciclismo vasco. Habrá aurresku de honor, una visita al santuario, recuerdos, fotografías y, sobre todo, emoción.
Porque no se homenajea únicamente un viaje. Se homenajea una generación que entendía el esfuerzo de otra manera. Se homenajea una amistad nacida sobre dos ruedas. Se homenajea el valor de tres jóvenes que, cuando apenas superaban los veinte años, cruzaron media Europa persiguiendo un sueño. Y se homenajea también algo que hoy resulta cada vez más difícil de encontrar: la capacidad de emprender una aventura simplemente porque se cree en ella.
Sesenta y seis años después, aquellos tres ciclistas volverán a encontrarse donde empezó todo. Y habrá muchas personas que, al escuchar su historia, entenderán que algunas gestas no envejecen jamás.
