El pasado martes, en plena ola de calor, cometí una imprudencia que, afortunadamente, acabó convirtiéndose en una buena historia. Entre remojón y remojón, decidí quedarme un rato tomando el sol. No había sombra, no había nubes y tampoco había demasiado que hacer. Así que mi mente, libre de tareas, preocupaciones y obligaciones, empezó a vagar por donde suele hacerlo cuando la dejamos sin vigilancia: hacia las conversaciones ajenas.
La gente habla alto en la playa. Quizá porque el mar se lleva las palabras o porque el verano relaja los filtros. El caso es que, sin pretenderlo, acabé convertida en espectadora accidental de varias vidas durante un par de horas.
Detrás de mí había un grupo de hombres que, por el acento, me parecieron latinoamericanos. Me atrevería a decir que venezolanos, aunque reconozco que soy pésima identificando acentos y, con todos mis respetos, muchas veces me suenan parecidos. Hablaban de su país, de tiempos pasados y de personajes que parecían sacados de una novela costumbrista.
Del que se comía los gatos a la charla inclusiva
Uno de ellos recordaba a un tal José que, según contaba, cazaba gatos con un anzuelo, como quien pesca truchas, y luego se los comía. No sé si aquello respondía a una época de necesidad extrema o si simplemente el tal José era un personaje irrepetible digno de estudio antropológico. Lo cierto es que todos se reían mientras lo recordaban. Y yo, intentando no escuchar, escuchaba.
La conversación derivó después hacia cómo habían cambiado los tiempos y la libertad sexual. Hablaban de que ahora se ve «gente de todo tipo» por todas partes. Lo curioso fue que lo hacían para criticar a otra persona que, por lo visto, seguía mostrando una intolerancia feroz hacia cualquier forma de diversidad. Me sorprendió gratamente. A veces los prejuicios los tiene quien escucha, no quien habla.
A mi derecha había seis chicas organizando la tarde. Planes, cenas, anécdotas del fin de semana y muchas risas. Una de ellas era claramente la encargada de animar el grupo. Contó que su novio había puesto una foto de ambos en el estado de WhatsApp y fingía estar indignada.
«¿Pero para qué pone eso?», decía entre carcajadas. «Ahora me va a fastidiar todos los rollos paralelos».
Las amigas casi se caían de la toalla de la risa. Imagino que era una broma. O eso quiero pensar.
Los niños rebozados en arena
Un poco más atrás, una madre libraba una batalla desigual contra el calor, la arena y un niño pequeño que había decidido que aquel era el momento perfecto para montar una rabieta monumental. El pobre crío estaba rebozado en arena de pies a cabeza. La madre arrastraba bolsas, cubos, palas, toallas y probablemente el peso simbólico de toda la maternidad del planeta sobre los hombros. No la juzgué ni un segundo. Bastante estaba haciendo.
También escuché a una pareja joven. Ellos eran la cara opuesta del caos infantil. Hablaban bajito, con una dulzura casi antigua. Se dedicaban palabras bonitas, se trataban con una delicadeza que rara vez escuchamos en voz alta. Derrochaban azúcar. Mucho azúcar. Tanto que por momentos pensé que el calor no venía solo del sol.
Mientras observaba aquel mosaico de conversaciones, me pregunté si aquellas personas hablarían igual en otro contexto. Si esas mismas historias aparecerían en una oficina, en un supermercado o en una reunión cualquiera de noviembre bajo la lluvia.
Creo que no.
Escuchar retazos de la vida
Hay algo en el verano que nos afloja las costuras. El calor nos vuelve más lentos, menos productivos y quizá también más auténticos. Dejamos por unas horas el estrés, las prisas y las obligaciones. Nos permitimos recordar anécdotas absurdas, contar historias que normalmente no contaríamos y reírnos de cosas que en otro momento pasarían desapercibidas.
Y ahí estaba yo, sin libro, sin música y sin necesidad de ninguna pantalla. Simplemente escuchando cómo la vida sucedía a mi alrededor.
Porque, de vez en cuando, también es agradable perderse en las historias de los demás. Aunque ellos nunca lleguen a saber que, durante una tarde de calor insoportable, se convirtieron en la mejor compañía posible.