Eduardo Velasco

Las vallas de Lezama se parecen a la curva de Valdebebas

Opinión de Eduardo Velasco sobre la decisión del Athletic de cerrar Lezama
Entrada de Lezama. / Athletic Club

A veces es bueno echar la vista atrás. No para vivir permanentemente de la nostalgia, si no para recordar quiénes somos, de dónde venimos y, sobre todo, qué cosas no deberíamos perder por el camino.

Y últimamente no puedo evitar pensar que el Athletic está perdiendo una de esas cosas que durante décadas nos hizo diferentes: la cercanía con sus aficionados.

Recuerdo una época en la que lo anormal era que un entrenamiento fuese a puerta cerrada. Lo habitual, lo normal, era que los aficionados pudieran acercarse a Lezama, ver entrenar a sus jugadores y sentirse parte de ese pequeño universo que rodeaba al Athletic.

Hoy parece que hemos dado la vuelta a la tortilla. Lo excepcional es encontrar un entrenamiento abierto.

Sé que el fútbol ha cambiado. Sé que se ha profesionalizado hasta límites que hace años eran difíciles de imaginar. Sé que existen nuevas necesidades, nuevas exigencias, nuevas formas de preparar los partidos y que los clubes protegen cada vez más su intimidad.

Todo eso lo entiendo.

Lo que no termino de entender es que, en ese proceso, el aficionado haya acabado tan lejos.

Porque en el Athletic la cercanía nunca fue un simple detalle. Era parte de nuestra manera de entender el club. Los jugadores estaban cerca de la gente. Los niños podían ver a sus ídolos entrenar. Las peñas tenían un contacto mucho más directo con los futbolistas. Las ikastolas podían organizar visitas a Lezama y, en ocasiones, había incluso listas de espera para poder acudir a un entrenamiento.

He conocido todo tipo de situaciones.

He visto peñistas en primera línea siguiendo un entrenamiento. He visto niños acercarse a sus ídolos. Y recuerdo especialmente aquel gesto de Marcelo Bielsa invitando a un niño a participar en un entrenamiento sobre el mismo césped. Son imágenes que explican mucho mejor lo que era el Athletic que cualquier campaña de marketing.

Y quizá por eso me cuesta tanto aceptar que hoy los jugadores parezcan, en ocasiones, inalcanzables.

No estoy diciendo que haya que volver exactamente al Athletic de hace treinta o cuarenta años. Sería absurdo. El fútbol ha cambiado y el club también tiene que adaptarse. Pero adaptarse no debería significar renunciar a aquello que nos hacía diferentes.

Porque durante mucho tiempo estuvimos orgullosos de no ser como los demás.

Y ahí está precisamente mi preocupación.

Si algún día alguien me garantiza que cerrar los entrenamientos significa ganar partidos, no tengo ninguna duda: que los cierren todos. Mañana mismo. Prefiero un Athletic ganando títulos aunque no pueda ver un solo entrenamiento.

Pero sabemos que las cosas no funcionan así.

Cerrar Lezama no garantiza victorias. Alejar a los jugadores de los aficionados tampoco garantiza puntos. Y, en cambio, sí puede hacer que poco a poco desaparezca una parte de esa relación especial que siempre existió entre el Athletic y su gente.

Porque un niño que hoy tiene diez años quizá no recuerde dentro de veinte cómo entrenó el equipo un martes de agosto. Pero sí recordará que pudo ver a su ídolo de cerca, que un jugador le firmó una camiseta, que alguien le dedicó unos segundos, que pudo sentirse parte de algo.

Eso también construye Athletic.

Y es ahí donde creo que debemos hacernos una pregunta incómoda: ¿en qué momento dejamos de ser diferentes?

No quiero que Lezama se convierta en un lugar inaccesible. No quiero que las vallas sean cada vez más altas, ni que la distancia entre futbolistas y aficionados sea cada vez mayor.

Porque hay una imagen que últimamente me resulta especialmente triste.

Las vallas de Lezama se parecen cada vez más a la curva de Valdebebas.

Y si hemos llegado hasta aquí, quizá deberíamos detenernos un momento y preguntarnos si, en nombre de la profesionalización, no estamos perdiendo precisamente aquello que durante tantos años nos hizo sentir orgullosos de ser diferentes.

El Athletic no puede ser un equipo más.

No debería querer serlo.

Porque cuando desaparece la diferencia, también desaparece una parte de lo que somos.


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