Maricarmen

Algo no funciona en esta mierda de sociedad en pleno 2026 para que una mujer de 87 años termine fuera de su casa.

Llevo todo el día pensando en Maricarmen.

En sus 87 años. En sus 71 años viviendo en la misma casa. En esa puerta que hoy se ha cerrado por última vez. En la camilla del Samur. En la ambulancia alejándose por las calles del Retiro mientras fuera quedaban los gritos, las pancartas, los policías, los activistas y esa extraña sensación de que acabábamos de asistir a algo que no debería ocurrir en una sociedad que presume de ser moderna, avanzada y decente.

Algo no funciona en esta mierda de sociedad en pleno 2026 para que una mujer de 87 años termine fuera de su casa.

Algo.

Y no me sirve que me expliquen que hay un contrato, una ley, una sentencia o un procedimiento judicial, o pollas en vinagre. Claro que los hay. Precisamente por eso la historia resulta todavía más jodida. Porque cuando una sociedad necesita poner en marcha toda su maquinaria legal para terminar sacando a una anciana de 87 años de la vivienda en la que ha vivido durante más de siete décadas, quizá ha llegado el momento de preguntarnos qué coño estamos haciendo.


«A los periodistas, apostados desde primeras horas de la mañana en el portal de la anciana, expulsados y perimetrados «por su seguridad» y no por si nos mostraban lo que hemos visto.»


No estoy hablando de saltarse la ley.

Estoy hablando de algo bastante más sencillo: de humanidad.

Maricarmen llevaba ocho años peleando para no perder su casa. Había habido tres intentos anteriores. Este era el cuarto. Por el camino, una donante anónima se ofreció a pagarle el alquiler de por vida. El Ministerio de Vivienda intentó intervenir e incluso planteó adquirir el piso. Hubo mediación. Hubo ofertas. Hubo una plaza residencial de emergencia.

Y aun así, la maquinaria siguió avanzando.

Como un miura.

Sin mirar a los lados.

La imagen resulta difícil de digerir.

Quince furgones policiales llegaron a rodear las calles. Cientos de personas se concentraron. Hubo resistencia, identificaciones, enfrentamientos y momentos de tensión. Los agentes fueron entrando en el edificio y sacando uno a uno a quienes intentaban impedir el desalojo.

A los periodistas, apostados desde primeras horas de la mañana en el portal de la anciana, expulsados y perimetrados «por su seguridad» y no por si nos mostraban lo que hemos visto.

Al final, después de horas de tensión, Maricarmen salió en una camilla.

No hay metáfora que mejore esa escena.

No hace falta exagerarla.


«Lo sabían los políticos. Lo sabían los jueces. Lo sabía la propiedad. Lo sabían los medios. Lo sabía el barrio. Lo sabía media España.»


La realidad ya es suficientemente asquerosa.

Maricarmen tiene una pensión de 1.350 euros. El alquiler que se le reclamaba había quedado fijado en 1.650. Panda de hijosdeputa. Es decir, incluso aceptando las reglas del juego, hay una pregunta que se cae por su propio peso: ¿qué demonios se supone que debe hacer una mujer de 87 años cuando el precio de seguir viviendo en su casa supera sus propios ingresos?

¿Trabajar hasta los 110?

¿Vender el sofá en Wallapop?

¿Pedirle un préstamo al Banco de España?

¿O simplemente desaparecer del problema?

Porque esa parece ser una de las grandes especialidades de nuestro tiempo: convertir a las personas en problemas administrativos.

Una anciana ocupa una vivienda.

Un expediente.

Una sentencia.

Un desahucio.

Que pase el siguiente.

Y entonces llega la pregunta que nadie parece querer contestar.

¿Dónde estaba la solución?

Porque soluciones había.


«Le han quitado algo más que cuatro paredes. Le han quitado el lugar donde ha vivido 71 años. El lugar donde probablemente envejeció, lloró, rió, recibió visitas, enterró a los suyos y construyó una vida entera.»


La había ofrecido una persona particular. La había intentado buscar el Ministerio. La habían reclamado los mediadores. La había reclamado incluso Naciones Unidas en un intento anterior.

No estamos ante una situación en la que nadie supiera qué estaba pasando.

Todo el mundo sabía.

Ese es precisamente el problema.

Lo sabían los políticos. Lo sabían los jueces. Lo sabía la propiedad. Lo sabían los medios. Lo sabía el barrio. Lo sabía media España.

Y aun así, a las doce y cuarenta de la mañana, el Samur entró en casa de Maricarmen.

Y a la una menos un minuto, Maricarmen salió en una ambulancia.

Qué eficacia.

Qué precisión.

Qué forma tan perfecta de demostrar que, cuando se quiere, el Estado funciona como un reloj.

Quizá algún día consigamos que funcione igual para evitar que una mujer de 87 años llegue a ese momento.

Porque esto no va solamente de Maricarmen.

Va de lo que somos capaces de hacer con nuestros mayores cuando dejan de ser rentables, útiles o políticamente interesantes.

Va de una sociedad que se llena la boca hablando de cuidados mientras permite que una anciana termine pasando de su casa de toda la vida a una ambulancia.

Va de una política que discute durante horas sobre quién tiene la culpa mientras una mujer espera dentro de su vivienda a que llamen a la puerta.

Va de una administración que puede ofrecer una residencia cuando todo ha terminado, pero parece mucho más torpe cuando se trata de evitar que todo termine así.

Y va también de nosotros.

Porque es muy fácil indignarse durante cinco minutos delante del teléfono.

Compartir la noticia.

Escribir un tweet.

Poner una banderita.

Insultar a unos.

Insultar a otros.

Y después seguir con nuestra vida.

Maricarmen no puede.

Ella ya no puede seguir con su vida como antes.

Le han quitado algo más que cuatro paredes. Le han quitado el lugar donde ha vivido 71 años. El lugar donde probablemente envejeció, lloró, rió, recibió visitas, enterró a los suyos y construyó una vida entera.

Y ahora tendrá que empezar otra vez.

A los 87.

Hay frases que deberían avergonzarnos.

Esta es una de ellas.

No sé quién tiene razón jurídicamente en el caso de Maricarmen.

No sé qué dice cada cláusula de aquel contrato.

No sé qué derecho pesa más sobre el papel.

Pero sí sé una cosa.

Una sociedad puede tener leyes, jueces, policía, ministerios, ayuntamientos y miles de funcionarios.

Y aun así puede equivocarse.

Porque la justicia no siempre consiste únicamente en aplicar una norma.

A veces consiste en preguntarse si, cuando aplicamos esa norma hasta sus últimas consecuencias, seguimos siendo capaces de mirarnos al espejo.

Hoy Maricarmen está fuera de su casa.

Y nosotros seguimos dentro de la nuestra.

Quizá esa sea la parte que más debería preocuparnos.

Puta mierda todo.


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