Iker Fernández

Vías asesinas

Las muertes en los pasos a nivel se repiten mientras las reclamaciones de los vecinos siguen esperando una respuesta

Lo sé, el titular impresiona, pero es que quiero que leas esto.

Ayer fallecía Sergio arrollado por un tren en Zalla. Otra muerte en las vías de Aranguren. Otra familia destrozada. Y otra vez volvemos a hablar de los pasos a nivel sin barreras, de las reclamaciones vecinales y de unas medidas de seguridad que nunca terminan de llegar.

Nada más conocer la noticia, Hilda nos mandó un mensaje a la radio. Entre sollozos, recordó lo que le ocurrió hace cuatro años y cinco meses en esas mismas vías. Perdió a su hija, una niña de apenas 16 años, arrollada por un tren.

Cuatro años después, su denuncia sigue siendo la misma: «No han hecho nada».

Escuchar a una madre hablar así te deja sin palabras. Pero hubo una frase suya que se me quedó clavada: «¿Y que nadie haga nada para que esas flores no haya que volver a ponerlas?».

Porque Hilda sigue viendo flores en el lugar donde perdió a su hija. Flores que han colocado familiares y amigos. Flores que recuerdan una vida truncada y que, desgraciadamente, no son las únicas que han tenido que ponerse en ese entorno.

Según relataba en Radio Nervión, desde que perdió a su hija ya han sido tres las víctimas mortales en estos años, contando el accidente de un repartidor en la zona de Ibarra y el ocurrido este domingo en Aranguren.

Y mientras escuchaba a Hilda, mi cabeza se marchó a otro lugar y a otro tiempo.

Me acordé del cartero de mi barrio.

Yo me he criado en Lamiako, en Leioa, durante los años 80 y 90. Por aquel entonces el barrio tenía dos pasos a nivel: uno con barreras y otro sin ellas. Yo vivía justo enfrente de este último. Un paso que se llevó unas cuantas vidas durante aquellos años.

Entre ellas, la de un cartero. Un chaval joven que, si no recuerdo mal, estaba sustituyendo al cartero habitual. Aquel día cruzaba las vías con su moto y nunca llegó al otro lado.

Todavía recuerdo un zapato ensangrentado, una moto amarilla completamente destrozada y varias sábanas repartidas por las vías.

Imagínense lo que supone contemplar una escena así cuando eres un crío. Hay imágenes que se te quedan grabadas para siempre. ¿Cómo voy a olvidarlo?

El paso a nivel de mi barrio. (Javier Landeta Mena)

Han pasado más de treinta años y seguimos hablando de lo mismo.

Y ahí está precisamente el problema. Yo estoy hablando de los años 80 y 90, pero hoy, en 2026, seguimos teniendo pasos a nivel que parecen sacados de otra época y que continúan cobrándose vidas.

No estamos hablando de un problema desconocido. Los vecinos de Aranguren llevan años reclamando mejoras. Hilda lleva años denunciando lo que ocurrió a su hija y pidiendo que nadie más tenga que pasar por lo mismo. Y, sin embargo, seguimos contando muertos.

No sé si la solución pasa por soterrar las vías, instalar barreras, mejorar la señalización o buscar alternativas técnicas. Eso tendrán que decidirlo quienes tienen la responsabilidad y los conocimientos para hacerlo. Lo que no parece admisible es que las dificultades técnicas o administrativas se conviertan en una excusa permanente para no actuar.

Y lo de los pasos a nivel es solo una parte de algo mucho más grande.

Cada vez cuesta más mirar hacia otro lado cuando hablamos del estado de nuestras infraestructuras ferroviarias. Trenes que chocan y dejan decenas de víctimas, descarrilamientos, estaciones descuidadas, escaleras mecánicas y ascensores que no funcionan, servicios que no responden y pasos a nivel que parecen anclados en el siglo pasado.

No pretendo meterlo todo en el mismo saco ni decir que todos estos problemas tienen las mismas causas. Pero sí creo que hay un denominador común que merece una reflexión: la seguridad, el mantenimiento y la modernización de nuestras infraestructuras no pueden quedar relegados a un segundo plano.

Porque detrás de cada accidente hay personas. Detrás de cada avería hay usuarios. Y detrás de cada paso a nivel peligroso hay vecinos que llevan años reclamando algo tan básico como poder cruzar las vías sin jugarse la vida.

A mí se me quedó grabada aquella moto amarilla, aquel zapato y aquellas sábanas. A Hilda se le quedó para siempre el recuerdo de su hija de 16 años. Y ahora hay otra familia que tendrá que aprender a vivir con una ausencia.

¿Cuántas muertes más hacen falta?

Las vías no deberían ser una trampa mortal. No podemos acostumbrarnos a que cada cierto tiempo tengamos que lamentar una nueva tragedia y, después, todo siga exactamente igual.

No sé cuántas veces más tendremos que escuchar el llanto de una madre, ni cuántas familias tendrán que quedarse mirando unas vías esperando a alguien que nunca volverá. Lo que sí sé es que no podemos seguir así. Porque las flores que hoy se ponen junto a las vías no deberían tener que volver a ponerse nunca más.


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