La historia de Frutería Bizarrak en Leioa comenzó en 1986 de la mano de los aitas de Gaizka. Tras 40 años cuidando la alimentación saludable desde su tienda, la segunda generación toma el relevo con un proyecto que busca pasar de la teoría a la acción. Según explica Gaizka, el impulsor de la iniciativa, el objetivo no es simplemente vender, sino generar un cambio real en los hábitos: «No es cuestión de vender de público, es el sentido de conciencia».
El proyecto surge tras observar una contradicción habitual en el deporte escolar. Gaizka, que vive de cerca el mundo del fútbol a través de su hijo, detectó que, aunque se habla mucho de nutrición, la realidad tras los partidos es distinta: «Somos superteóricos, superguays, pero la verdad es que luego los ves con bollos y bocatas». Para romper esta inercia, Bizarrak apuesta por la presentación del producto. «Si les das una manzana obligada, pues no; si la pones un poco bonita, al final sí que prueban y les gusta», relata Gaizka tras comprobar el éxito de sus brochetas de fruta en eventos deportivos.
Fruta en la oficina
La iniciativa también responde a una demanda creciente en el ámbito laboral, donde trabajadores de la industria, oficinas y enfermeros reclamaban opciones sanas. Gaizka anima a los empleados a movilizarse y a hacerselo saber a sus jefes. Su propuesta no busca eliminar los caprichos habituales de la oficina, sino ofrecer una alternativa: «Está muy guay el pincho de tortilla y el croissant, yo no quito eso, pero la gente me reclama algo saludable y nadie lo pone en marcha».
Para facilitar este hábito en una sociedad marcada por las prisas, la frutería ofrece servicios «a la carta», preparando táperes de melón o fruta partida para que el tiempo no sea una excusa. «El tema es el tiempo siempre, pero partir una manzana no cuesta nada», insiste.
Finalmente, el proyecto mantiene un firme compromiso con el producto local y nacional. Gaizka prioriza la fruta de la península (como la fresa de Huelva o el tomate de Euskadi) para «echar un cable al primer sector». Con talleres de cocina y conocimiento integrados ya en programas municipales de Leioa, Bizarrak se consolida como un agente activo que busca reeducar a las familias: «Es necesario inculcar esa conciencia a los chiquis; si van con procesados, la alimentación no va a ser igual».