La avispa asiática se cuela en pueblos y ciudades de Durangaldea y dispara la preocupación vecinal

El insecto invasor da el salto del entorno rural a zonas urbanas y obliga a reforzar el control para evitar su expansión
Presentación del informe sobre la avispa asiática / Urkiola Landa Garapenerako Elkartea

La avispa asiática ya no es solo cosa de caseríos y montes. En Durangaldea, su presencia ha dado un paso más y empieza a hacerse habitual también en zonas urbanas, colándose en fachadas, tejados y espacios cada vez más cercanos a la vida diaria de los vecinos.

Así lo confirma un informe elaborado por Urkiola Landa Garapenerako Elkartea y la Bizkaiko Erlezainen Elkartea, que advierte de que el problema no solo continúa, sino que se consolida como estructural en la comarca.

Del monte al balcón: un cambio que preocupa

Uno de los datos que más inquieta es el cambio en la ubicación de los nidos. Lo que antes era un problema principalmente rural ahora se traslada también a calles y edificios, aumentando el riesgo para la población y complicando su control.

Este “salto” a lo urbano hace que la avispa asiática deje de ser algo lejano para convertirse en una realidad mucho más visible. No es raro ya escuchar a vecinos hablar de nidos cerca de casa o incluso detectarlos en entornos muy transitados.

Más control, pero el reto sigue ahí

Aunque desde 2022 la situación parece algo más estable, el informe señala que hay zonas donde el control no es suficiente, lo que permite que el insecto siga expandiéndose.

La clave, según los expertos, está en el trampeo primaveral. Capturar a las reinas en esta época es fundamental, ya que cada una puede dar lugar a un nido y, con el tiempo, a muchos más. Es, en pocas palabras, cortar el problema de raíz.

Un problema que necesita implicación de todos

Más allá de las actuaciones institucionales, el informe insiste en la importancia de la colaboración ciudadana. Detectar nidos, avisar a tiempo y participar en las campañas de control puede marcar la diferencia.

Porque la avispa asiática ya no entiende de límites entre campo y ciudad. Y en Durangaldea, como muchos vecinos comentan con cierta resignación, “ya forma parte del paisaje”… aunque nadie la quiera cerca.


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